La luna reflejándose en el vidrio de mi ventana , mientras una brisa independiente me induce a la reflexión nocturna.
Rechinan las ambulancias y mientras un español de 45 años se muere asfixiado por la plaga covidiana , una vieja de 65 años logra un orgasmo, una mujer mata a su marido en Arabia Saudita, a un nene de 11 años se le cae la paleta al piso, dos enamorados se carcomen en Egipto y un francés de veintidós años le mete tres goles al Barcelona.
La simultaneidad de hechos en un segundo no es cuantificable, difícil acceder a esos planos.
Me asombra el etnocentrismo moderno , lo considero exagerado. Me prendo un cigarrillo, saboreo mi octavo café del día , mientras pienso en Benedicta.
¿Por qué una mujer como Benedicta osó ser tan impuntual?
Acordamos un encuentro en el Banco de las Burbujas, una banqueta que se encuentra al sur dentro del Parque Hundido, Ciudad de México.
En medio de un ataque de excesiva racionalidad ética , producto de un mal cálculo temporal tomé la decisión de salir una hora antes del evento, por lo cual, llegué con excesiva puntualidad al sitio en cuestión.
El banco de las burbujas es un sitio idóneo para la copulación de las almas, el sol se asoma con timidez entre las hojas de un árbol extravagante.
Cuando llegué , no la ví , me senté y la esperé. Un señor lo suficientemente tosco pasó por delante mío y me dirigió un comentario a mi criterio lo suficientemente desubicado como para que mi reacción inmediata fuese escupir al piso con cierta pasión irreverente.
Dos llamados quisieron interrumpir el discurrir pero no pudieron , no los escuché. Veinte minutos después del segundo, un masculino de aproximadamente unos treinta años, con un estilo visual preponderantemente normativo , se paró frente a mi banco y me exhortó a que le mirase la parte trasera de su camisa, para determinar si las necesidades de una paloma lo habían sucumbido.
Ante esta pregunta tan carente de sentido, obsoleta y superflua para mi existencia, me bajé los lentes de sol para mirarlo a los ojos y le dije : “No hay moros en la costa”.
Logré conectar mi teléfono a una red wi fi gubernamental , cuando recibí un mensaje de Benedicta: “Estoy en camino, jamás pensé que me ibas a esperar tanto tiempo”.
Su frase me descolocó, me prendí un cigarrillo y la acusé abiertamente por su descaro inminente.
Jamás le contaré a Benedicta todo lo que pasó en el Banco de las burbujas mientras ella se ausentaba.
Me cuentan que un masculino viajó de Estambul a Colombia, solo para comprobar las cualidades del café de dicha región. Llamé al caballero para felicitarlo, un acto digno de un 20 de febrero del 2020.
Una respuesta a “Paralelismos”
«El banco de burbujas» amé la descripción, se apega bastante a la atmósfera del sitio.
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