Octavio había planeado ese Lunes durante un mes. Se disponía a pasar un cumpleaños, digno de un rey. Por la mañana, iría a desayunar con su novia, Julieta, quién estaba muy emocionada por compartir ese día junto a él. Para el mediodía, había planeado una tabla de quesos, con una copa de vino y por la tarde toda su familia,vendría a saludarlo y a llenarlo de regalos.

Durante el transcurso de la semana anterior a su natalicio procuró “limpiarse de las malas energías” mediante un ritual en un temazcal que consistía en cantar y oler especias entre medio de vapores humanos y herbales. 

No satisfecho con su terapia de vapores, se dispuso a limpiar la casa a fondo. Le pidió ayuda a Julieta, quien lo ayudó con ese entusiasmo jovial que tienen muchas mujeres por limpiar la casa. Durante horas, estuvieron tirando artefactos que ya no funcionaban, papeles que solo acumulaban polvo, recortes de revista viejos, y muchas chucherías que se habían acumulado durante años, tratando de satisfacer la insaciable aprehensión, que tenía octavio con el pasado.

Cuando por fin llegó el día, Octavio se levantó de la cama pletórico de energía, sintiéndose el ombligo del mundo, rey del universo, el mismísimo Dios. 

Lo primero que escuchó ese día es a la señora de los tamales. Rosa era una señora que despilfarraba alegría y energía vital. Todos los días a las 7:00 am pasaba por Concepción Beistegui, con un megáfono y un tono extremadamente dulce y alegre, que anunciaba su paso con bombos y platillos. 

Se dispuso a lavarse la cara y cuando sintió que el agua ya era suficiente, al sacar la cara del chorro, sintió un ruido incesante.

Julieta quería ganarle al tiempo y al ver que Octavio estaba en el baño, corrió hacia la cocina, sacó el pastel del refrigerador, le colocó las velas y se dirigió hacia el baño, con una prermura impertinente.

El primer cruce de miradas fue fatal. Mientras la sonrisa de Julieta era radical,tierna y dulce, la cara de Octavio estaba totalmente desfigurada.

-¿Qué pasa mi amor? preguntó Julieta contrariada

-¿no escuchas? preguntó Octavio aún mas preocupado

-¿qué cosa? cuestionó julieta

-La alarma ¿No la escuchas? gritó Octavio fuera de sí.

Al ver que Julieta parecía no hacerse cargo de la alarma y se veía completamente desorientada, con el pastel en la mano y con el ego petrificado;Octavio corrió hacia el balcón , abrió las ventanas, como si fuese a descubrir la verdad y sintió, como la alarma penetraba en su oído, para quedarse, por siempre.

Sintió como el ruido vencía su romántica realidad, pergeñada durante días mientras su idilíco cumpleaños se desvanecía entre sus dedos como arena, fina y blanca.

Julieta, dejó el pastel en la mesa y corrió a abrazarlo, pero Octavio, reticente al cariño, la tomo por los hombros, la sacudió y le volvió a preguntar si escuchaba la alarma. Ella negó rotundamente escucharla y eso causó un colapso mental, que llevó a Octavio a encerrarse en la regadera.

“No puede ser” pensaba mientras se bañaba. Los nervios lo acogotaban y las preguntas lo llenaban de incertidumbre. ¿Cómo no había contemplado la imprevisibilidad de la Ciudad de Mexico? Ahora el estaba en una encrucijada, apagar la alarma, algo que en la capital de México, podría parecer fácil de resolver, pero que él como mexicano,tenía la certeza de que debía desplegar un gran operativo, para resolver dicho percance. “Y antes de que lleguen mis invitados” se repetía incesantemente, como un salmo.

Luego de vacilar durante quince minutos, irrumpió en su ensimismamiento, la figura de Julieta.

Tenía en sus manos un gran regalo, envuelto cuidadosamente en papel rojo brillante, con una carta y un «te amo» muy grandes. Julieta sonrió y como en un acto de fe, le puso el regalo en las manos a Octavio.

El sonrió y se dispuso a abrir el regalo ,hasta que de repente, el sonido de la alarma volvió, a colarse intrépido, cual aguja hipodérmica, en su oído. Entonces se puso rojo y dejó la caja al lado. Agarró de la cara a Julieta y en un acto de desesperación, con un tono muy solemne, le dijo: -Tenemos que apagar esa alarma cuanto antes. 

Octavio salió despavorido del departamento, en busca del sonido que lo atormentaba. En la calle, se sintió ínfimo frente al ruido que lo asediaba. Miraba para un lado y para el otro ,como si fuese encontrar la causa del desperfecto mediante la vista. 

Caminó hacia la esquina y al encontrarse con el puesto de tacos de Don Porfirio , le preguntó al taquero si escuchaba la alarma. Porfirio se llevo el cigarrillo a la boca y le respondió : -«Es Mexico»

Al ver que el viejo solo justificaba el ruido y no lo cuestionaba, Octavio le agarró la cabeza, se la sacudió y le volvió a preguntar si escuchaba el ruido. Don Porfirio, comprendió al instante que lo único que buscaba ese alma desesperada era una respuesta, entonces le sugirió que llame a la policía.

Octavio, no conforme con la respuesta del taquero, salió corriendo con mucha mas urgencia, pero para el otro lado de la calle. Al llegar a la esquina, sintió que el ruido se acercaba cada vez mas a él y fue ahí, cuando se dió cuenta de que el ruido, salía desde un dispositivo incrustrado en un poste de luz. 

Sintió un gran alivio cuando encontró la causa del problema, pero al segundo, volvió a sentir muchísima ansiedad. Se apartó hacia un lado, posó su cuerpo sobre la pared, cerró los ojos y cuando los volvió abrir,  surgió una posible solución producto de la lógica de un ciudadano común y corriente, que paga los impuestos.

Resolvió que si le marcaba a la policía, ellos serían los indicados, para resolver el conflicto.

Les marcó y muy amablemente les pidió que se apersonen a apagar la alarma, recalcando la urgencia del hecho, ya que era su cumpleaños y esperaba invitados. A la policía, nada le importó que suene una alarma en una calle recógnita, pero por cortesía le tomaron los datos y le aseguraron que pronto, estaría allá una patrulla,para resolver el problema. 

Mientras tanto, Octavio,se preguntaba una y otra vez, por qué ninguno de sus vecinos se aturdía con ese ruido incesante, agudo y apabullante. 

Pasó caminando frente a él, una señora como de sesenta años, con su caniche toy blanco, entonces Octavio, intrépido y un tanto desesperado le tocó la espalda. La señora percibió esa corriente eléctrica ansiosa y tiró su cuerpo hacia atrás, como quien se espanta ante una sorpresa.

-¿Usted escucha esa alarma señora? le preguntó Octavio, fuera de sí.

-Ciudad de Mexicom es una ciudad muy ruidosa, joven. ¿Es usted extranjero? 

-¡Claro que no señora¡ soy mexicano hasta el tuétano. ¡Es imposible no escuchar la alarma¡ ahí está de sonido de fondo mientras le hablo. ¡Es una tortura digna del infierno de Dante¡

– Tengo una amiga, que decidió ponerse tapones en los oídos, para salir a la calle, esta ciudad tiene estruendos fuertísimos; A veces, hasta una piensa que se raja la tierra. Los aviones, camiones, taxis, ambulantaje, perros y luego esos jóvenes que ponen la música extremandamente alta para sus fiestas¡. ¡Jóven, vaya a la farmacia por sus tapones¡

Octavio, se sentía desilucionado y extremadamente confundido. La realidad no le confirmaba, lo que sus oídos escuchaban. Se tranquilizó al pensar que la señora no escuchaba bien y que hasta ella debía estar usando los malditos tapones de oídos. 

Mientras esperaba a la policía, se dispuso a caminar para alejarse de ese sonido que lo atormentaba, cada vez más. 

Le asombró la irregularidad de las calles, parecían cráteres disputando el protagonismo de la acera, profundas grietas en las que creyó ver las entrañas de la tierra.

De repente, le pareció que el piso se movía solo, como arena movediza,pensó que era un temblor, pero era la alarma, la que parecía mover la calle, como cuando uno levanta una toalla de la arena y salen volando todas las partículas. Supuso o quizo creer, que el sonido de la alarma era quién movía todas las estructuras. Entonces corrió, como si su vida dependiese de esa huída. A las cuatro cuadras de distancia, algo lo trastornó. La alarma se escuchaba aún mas fuerte, como si le hubiesen aumentado cinco decibeles de volumen. 

Se cruzó con un obrero, se paró frente a él y le preguntó ¿Escuchas ese ruido?

El trabajador se sintió muy aturdido, frente a la energía inquieta y miedosa que se le había presentado y muy timidamente respondió:-«A mí se me rompió un timpano en la obra, ya hace tiempo» 

-¿y con el otro, no la escuchas? le preguntó incisivo Octavio.

-Puede ser señor, sí escucho unas alarmas pero aquí suenan todo el tiempo..

Ante la indefinición del hombre, Octavio ,decidió volver a su cuadra a verificar, si la policÍa, se encontraba en el poste que emitía la alarma. Pero al llegar, brillaban por su ausencia. Volvió a llamar, una y otra vez y en todas las ocasiones, se repetía el mismo protocolo, le pedÍan los datos y le decían que en breve estarian allí. 

Miró su reloj y se percató de que en tres horas, llegarían sus invitados,entonces volvió corriendo a su departamento. 

Al abrir la puerta, se encontró con Julieta, quien lo miraba con cara de estupefacción y le preguntaba una y otra vez el por qué de su desaparición. 

Octavio, objetó que estuvo cuatro horas, tratando de resolver lo de la alarma, le contó todas sus peripecias y encuentros con vecinos quienes creían no escuchar tal ruído.

Julieta, lo miró aún mas desconcertada y le gritó que no existía tal alarma, que nadie la escuchaba y que había que preparar todo, para el agasajo de los invitados. Le enumeró todas las tareas que debían resolver antes del evento y terminó su intervención ofreciendole una cerveza, la cual el rechazó. 

Octavio,se dispuso a prender el fuego, ya que iba a cocinar una carne asada, pero seguía escuchando la alarma, aún mas fuerte y siniestra.

Mientras cortaba la carne, pensaba en todas las formas posibles para apagar ese ruído incesante. Pensó en tirarle huevos a la caja que emitía el sonido, se imagino lanzando un cuchillo, golpeándolo con la escoba y hasta comprando una sierra eléctrica para cerrucharlo en dos.

Lo de la herramienta cortadora, fue la opción que más lo convenció;Además, siempre tuvo la fantasía de talar un árbol, y por qué no, un poste de luz. Comprar la sierra eléctrica sería un pretexto, para poder talar árboles en un futuro. Había soñado,hace relativamente poco, que se metía en el castillo de Chapultepec y talaba todos sus árboles. Sabía muy bien que los límites de la moral y la civilidad no le permitían darse el lujo de cometer todos sus arrebatos. Pero ese poste de luz, merecía ser talado urgentemente. Considerando la inoperancia de la policía y empoderandose aún mas, ante esa falta de proteccion, resolvió dirigirse a un supermercado de artículos para el jardín y comprar la sierra de una vez por todas, tomar acción ante la anomia e indiferencia social. 

Cuando llegó al supermercado, se dirigió hacia la zona de herramientas. Ahi estaban colgadas, como si fueran guitarras eléctricas en una exposición. Las rojas son las que más le llamaban la atención, siempre quizo una así, cuanto mas grande mejor. Eligió una que lo dejó absorto, fue amor a primera vista, no leyó las especificaciones ni consulto absolutamente nada. La agarró con tanta determinación e ímpetu viril que hasta los vendedores se sintieron azorados. 

Cuando llegó a su casa con la sierra, se ocupó de esconderla en la cajuela del auto, para que Julieta no haga preguntas. 

Subió a su departamento y cuando abrió la puerta, todos sus invitados estaban allí sonriendo, aplaudiendo  y sosteniendo globos brillantes. 

El tiempo se le había pasado estrepitósamente o había estado demasiado ocupado. La alarma sonaba de fondo y eso lo enfureció. De repente, se puso rojo y cayó desplomado en el sillón. 

Julieta se acercó, le dió agua y le preguntó qué le sucedía y dónde había estado durante los preparativos de la fiesta. Octavio no respondió. Se incorporó rapidamente y se dirigió al cuarto principal. Allí comenzó a pergeñar el plan maestro. Bailaría dos horas junto a los invitados y cuando estos esten con unas copas encima, desaparecería de la escena por diez minutos, talaría el poste y luego volvería aliviado, de no escuchar mas esa maldita alarma.

Le haría un gran bien a toda la vecindad, haciéndose cargo de lo que la autoridad no resolvía. Sintió cierto envalentonamiento heroíco, como quién es convocado a la guerra.

Volvió a la sala general , donde estaban festejando su cumpleaños, disimuló un poco, se puso a hablar con los invitados, lleno de besos a Julieta y cuando la gente, por fÍn, pudo quitarle la atención de encima, se dirigió hacia el garage , abrió la cajuela del auto y saco su nueva hacha eléctrica. 

La tomó con coraje masculino, como si fuera un sable y se dirigió hacia el poste con la seguridad de un toro frente al color rojo. 

Cuando llegó al sitio en cuestión, prendió su hacha y como si supiera usarla, la aproximó contra el metal, pero los dientes de la sierra no estaban preparados para dicho material. Lo intentó varias veces, pero no conseguía partir el diámetro del palo, solo lo rasgaba. Ofuscado se dió vuelta y vió un hombre en la vereda de enfrente, quien lo miraba curiosamente mientras se fumaba un cigarro. Entonces Octavio, le explicó,que quería cortar el poste para que deje de sonar la alarma, ya que la policía no hacia nada. Despotricó contra el gobierno y terminó echándole la culpa al sistema. Pero al señor, nada parecía importarle. Fumaba su cigarro y lo observaba imperturbable con templanza fatal,como quien observa a un enfermo terminal. 

El sonido de la alarma le parecía a Octavio ensordecedor, sentía que alguien le había subido el volumen, se preguntó quién operaba ese poste y como lo podría contactar. Ninguna respuesta le fue satisfactoria.

De repente, se acordó que su abuelo, Hilario, le había regalado un arma, pequeña pero efectiva. El motivo de este agasajo, fue el cumpleaños número treinta, en reconocimiento, a su “paso de joven a adulto”. Le había advertido, que solo la debía utilizar en situaciones de “vida o muerte», para defenderse de un malhechór o un asesino, para proteger a su familia, como todo mexicano debía hacer. 

Octavio consideró que apagar esa alarma, era una cuestión de vida o muerte, entonces, volvió a su departamento, se inmiscuyó por el área de servicio del departamento y tomó el arma de su caja fuerte. 

Ya en la calle, sintió que la presencia del arma en su mano lo había cambiado para siempre. Que ya nunca volvería a ser ese ser humano ruín y cobarde, al cual las vicisitudes de la vida, lo arrollaban y él no reaccionaba. Así le había pasado siempre, en el trabajo sentía que sus superiores nunca escuchaban sus propuestas, es más, las desestimaban automáticamente, en su relación ya no se sentía feliz, porque su esposa solía reclamarle; todo eso lo abrumaba enormemente. Pero él nada decía, no se comunicaba, era un autómata, y eso funcionaba para su estilo de vida. 

Atrás dejaba la utopía de ser un buen ciudadano, dejó de sentirse orgulloso por pagar sus impuestos, hasta le dió verguenza haber sido tan correcto. 

Se arrepintió, de no decir nada frente a los malos tratos de sus jefes, de separar la basura e incluso de levantar las heces de su perro. 

Mientras caminaba veía concatenadas todas las situaciones de su vida en las que se había sentido impotente. Todas esas imagenes reberveraron en su mente y cuando se paró frente al poste, lo vió diferente. 

Ya no era un simple palo del cual emanaba un insoportable sonido, ahora tenía la forma de un vaquero gigante, con sombrero y una pipa. Automáticamente relacionó la figura con la de Don Fermín, el hacendario que mató a su tátara abuelo, para quedarse con su mujer.

-Ahi estas escoria del pasado, enemigo público de mis ancestros, mediocre fantasma del pecado, asesino y bruto como una mula. Ahora sí, te las vas a ver conmigo. Ya entendí por qué emites ese sonido ensordecedor, querías que venga, que te enfrente. Seguro cuando viste la sierra, te reíste de mí. Pero soy mas inteligente que tú y ahora te voy a tirar un tiro. Sí para que nos dejes en paz. Tenemos derecho a vivir en silencio. Yo pago para eso ¿Sabías? ¡Pero no hacen nada¡ En esta ciudad,todo está como atado con alambre, nada es lógico, todo es impredecible. Vivímos inmersos en un estado de naturaleza urbano; frente a la anomia, nace la necesidad de tomar justicia con mano propia. Míre, si a mí me matan un hijo, yo no voy a esperar a que juez “haga justicia”,ya que esperar eso, sería ser un pobre iluso fantasioso. Aquí no existe la ley, en Mexico todo se arregla así. Por mucho tiempo, quise ser diferente, ser un buen ciudadano, pertenecer a las clases altas, vivir en las Lomas, tomar tragos y sonreír todo el tiempo, cuidar de los míos, respetar las leyes de tránsito e incluso ayudar a las viejitas a cruzar la calle, asistir al Sat con regularidad, hacer tareas de caridad y todo lo necesario para pertenecer y no tener conflictos morales con nadie. En pos, de mantener el statu quo, no he respondido ni tomado acción, ante los desprecios de los demás hacia mí persona. Con el paso de los años y para ser mas puntual, hoy 17 de enero del 2016, gracias a tu repentina aparición en mi vida y tu insolente reto ancestral que planteas, con lo que tú creías que ibas a destruirme, esa alarma de mierda, me has llevado a una reconversión.

A partir de hoy, nunca dejaré nada inconcluso, no dejaré que me subestimen y prescindiré de toda ayuda. Naturalmente, al resolver que no pagaré mas impuestos, yo voy a apagar tu alarma. Ya no va a ser con un hacha, ahora, te toca plomo. Don Fermín, llegó su fin. Ahora, dejará de atormentarme con ese ruído y yo me vengaré,de la muerte de mi tátara abuelo, el señor Facundo Cabrales. 

Octavio empuñó su arma, la agarró con firmeza y apuntó al objetivo. 

Miró fijo a la caja del poste que emitía el sonido, en el vió la cara de su enemigo público ancestral y disparó tres veces con tanta rápidez, que el estruendo lo dejó tumbado,boca abajo,tirado en la acera. 

Gritos desgarradores colmaron la escena sonora de la colonia Narvarte, a los diez minutos, llegaron la policía, los bomberos y hasta los paramédicos. 

Octavio se levanto muy confundido. Cuando logró incorporarse escucho gritos acusatorios que lo incriminaban en un doble homicidio.

Un policía, extremadamente fuerte, lo agarró del cuello y lo empujó contra el carro policial, procedió a ponerle las esposas y le preguntó, por qué había matado a la joven pareja recién mudada que festejaba, con una cena romántica en el balcón.

Los vecinos, se agolparon frente a la escena del crimen y empezaron a gritar al son de su furia, palabras como “Asesino”, “los mató por celos”, “el quería matar al chico pero se equivocó” “tenía un amorío con Rebecca,por eso la mato” «delincuente» «te vas a pudrir en la carcel, bendecidos somos que se va este asesino serial».

Entre toda la muchedumbre, se abrió camino una mujer con un gorro de cumpleaños, atrás le seguían veinte personas con gorritos y globos. Era Julieta y los invitados. 

Al llegar al centro, le pidió al policía que, por favor suelte a Octavio, ya que él solo había salido, a dar una vuelta. Pero el policía, la miró tan desorientado, que perturbó su alma. Otro policía, que masticaba papas fritas ,con la boca abierta mientras tomaba Coca Cola común, dejó de lado su paquete con cierta molestia, por la interrupción y le dijo a Julieta.

-Su marido tenía una amante, vino a matar al novio mientras cenaban en el balcón, señora, si le interesa saber más, venga a la comisaría.

Julieta quedó absorta. Sintió que el dictamen del policía, ratificaba todas las dudas, que tenía en cuanto a su relación. Durante ultimos años de matrimonio, había percibido a su esposo como un gran enigma. Eso es quizás lo que la mantenía junto a Octavio, la necesidad de descifrar su alma,interpretar sus códigos morales. Su marido era extremadamente parco. No le gustaba hablar. Ni bien se graduó de la universidad, Octavio, consiguió trabajo en una empresa de inteligencia artificial, pero ahí se les prohibe hablar entre compañeros, situación que encanto a Octavio desde el primer momento. 

La personalidad de Julieta era antitética a la de su marido, a ella le fascinaba hablar, organizar eventos, ser anfitriona. Una mujer, que reverbera socialidad. Sentía un genuino amor por Octavio, pero siempre su intuición le había sugerido, que su alma ocultaba algo muy oscuro. Cuando el policía le comunicó lo que había sucedido, cayó desplomada en el piso. Los vecinos corrieron a socorrerla, se armó un alboroto, como es natural durante estas circunstancias. Los policías llamaron a la ambulancia, la cual, llegó en cinco minutos,los enfermeros ávidos de acción, agarraron a Julieta y la internaron en la ambulancia, para luego cobrarle una factura exorbitante de un millón de pesos mexicanos, por haber tenido la oportunidad de que una ambulancia la asista. Julieta despertó a los cinco minutos, se sentía bien pero aturdida. Les dijo a los enfermeros que quería irse, pero ellos le dijeron que no estaba en condiciones, mientras le inyectaban muchas sustancias innecesarias, con tal de que suba el número a pagar.

A Octavio se lo llevaron a la cárcel. No le preguntaron nada, lo tiraron a una fosa, junto con los diez asesinos mas depravádos de Mexico. Estos, lo golpearon hasta dejarlo totalmente inconsciente. 

Al día siguiente, la policÍa, procedió a interrogarlo. Octavio presentaba contusiones severas en su cuerpo y rostro producto de la golpiza que había recibido. Por este motivo, se encontraba confundido, hasta tal punto que ya ni siquiera sabía dónde estaba o qué había pasado. De modo, que cuando fue sentado junto al policia, lo primero que le preguntó, fue si habian logrado desactivar la alarma.

El policía lo miró desconcertado, pero rápidamente se incorporó al porte que debe aparentar un funcionario de esta índole. Se puso muy serio , su entrecejo se contrajo como un bandoneón, sus cachetes gordos se enrojecieron a tal punto,que hasta tuvo que rascarse. Con aire severo, como el que merece una situación de tal magnitud, apoyó los codos en la mesa y le preguntó:

 -¿Por qué los has asesinado?

Octavio se despertó en un salto, como si renaciera de un sueño ligero y al escuchar esa pregunta, se agarró, muy fuerte la cabeza, como un niño que no quiere escuchar. Luego de este arrebato emocional le contestó al policía:

-Señor, yo no he matado a nadie. No sé de qué me habla. Yo realicé el trabajo que ustedes no querían afrontar. Los he llamado quince veces y siempre fingían que iban a venir, pero nunca llegaron. Esa alarma era insoportable, yo simplemente, ya no podía dejar de escuchárla, me dejó medio sordo ¿Sabe? ¡Si ya presento sordera, por la ineficacia de ustedes¡ y ahora resulta, que me agarraron por perejíl, de un doble crimen pasional del cual jamás participe. Le tiré un tiro a la alarma, estaba festejando mi cumpleaños. ¡Que inoperantes¡ Ya saquéme de aquí, que me tengo que ir ya mismo a mi trabajo y pagar los impuestos que carcomen mi existencia. Deje de mirarme con esa cara, no sea insolente. 

Al escuchar su relato, el policía, lo consideró extremadamente fantasioso, entonces decidió encarcelarlo en una fosa única y le puso de castigo una alarma. Antes de irse le susurro al oído: «Vas a escuchar la alarma hasta que decidas contarme que chingados paso para que mates una pareja de veinte años el dia de tu cumpleaños». Antes de irse , se aseguró de patearle el estómago, con toda su fuerza, descargándose así de la pelea que tuvo con su esposa por la mañana. Al poner play al sonido de la alarma,Octavio empezó a gritar tanto que el policía decidió amarrarle la boca para que no chille. Respiró hondo y cerró el calabozo con tanta furia, que retumbó toda la comisaría. 

Así fue como Octavio, un hombre que lo tenía todo, profesional en su industria, altamente calificado, se convirió en un reo del reclusorio Preventivo Varonil Norte, una cloaca de terror, dentro de la CDMX.

En su entorno mas cercano, todos se preguntan lo mismo: ¿Por qué los mato?.Octavio sabe, que lo que quebró su voluntad y todo raciocinio fue una nimiedad en comparación a un crimen pasional. Eso le generaba una vergüenza tan arrolladora, que decidió aceptar los cargos por doble crimen con alevosía.

La culpa no lo atormentaba en lo mas mínimo. Él consideraba que su deber ciudadano era apagar esa alarma por el bien de la colonia. Ese mismo día, había decidido, producto de su frustración, ante la ausencia del estado, dejar de pagar impuestos y ese deseo se concluyó en la prisión.  

Antes de morir, luego de cuarenta años preso, Octavio me llamó para que escriba su historia. 

Me confesó la verdadera causa, por la cual estaba preso, me contó cómo había sido ese día para él y me manifestó su profundo arrepentimiento por perder los estribos ante una simple alarma.

MAJITA VEGA

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