Ese día comprendí que mi destino había cambiado para siempre. Bastaron cuarenta días para darme cuenta de que mi libertad de ser periodista no la iba a cercenar una supuesta filántropa comunista desquiciada que se viste de rojo y le paga a sus mecenas para que atormenten y coarten la libertad a los disidentes. No lo voy a permitir, bajo ningún concepto.
Estuve mas de un mes apartado del mundo, sumido en un profundo ostracismo y depresión, ante la idea, de no ejercer mas mi oficio de periodista. Durante los primeros nueve días, me regocijé en el papel de víctima. Preso de los caprichos de una mujer totalmente fuera de sí, que se ha dedicado a generar tsunamis de caos en el mundo del arte que dividió a toda la sociedad generando una grieta entre los que consideraban que Mariette Murray era una vil mujer que buscaba llamar la atención y había que erradicarla de este mundo y los que la consideraban una auténtica heroína moderna. Los treinta días siguientes, me puse a pergeniar un plan, para derrocar las falacias de esta maníaca. Pero ¿Qué es lo que realmente mueve a la dama de rojo?
Hace mas de quince años sigo la vida de esta siniestra figura mesiánica que surgió producto de una sociedad totalmente desahuciada a nivel filosófico. Es fácil tomar fuerza entre tantos seres que van en piloto automático por la vida, seres sin ningún tipo de sentido. Mariette Murray, sabía perfectamente como llenar ese vacío. La fórmula era de manual. El enemigo externo era el mismo sistema capitalista en el que estamos todos inmersos,los millonarios que deciden el porvenir de toda la humanidad, antagonistas eternos y sostenibles en el tiempo.
Los empresarios que jalan las palancas de la economía, según Murray, tenían voracidad y compulsividad por comprar y almacenar cuadros en sus mansiones, y no necesariamente por amor al arte sino por un típico e histórico fetiche de los que atesoran tanta riqueza. La misión de Mariette era clara: «Salvar los cuadros de la apropiación de unos pocos para dejarlos a la vista de la mayor cantidad de personas posibles sin importar, sus ingresos económicos, ya que para ella cobrar como lo hacen los museos, para poder ver un cuadro era inadmisible y un crimen de lesa humanidad.
«Murray World», la residencia donde Murray promulgaba una falsa democratización del arte, ubicada en alguna isla de Bahréin. La ubicación precisa no la puedo revelar aún,por falta de mérito. Solo se podía acceder al recinto de preservación rojo con una invitación que se enviaba con un año de anticipación, a personas indigentes, obreros, camioneros, huérfanos, ancianos sin recursos y toda persona con alguna vulnerabilidad aparente. De esta manera, Mariette se jactaba de ayudar a los mas necesitados, levantando una bandera sumamente peligrosa, un espejismo de ilusiones sin sentido.
Lo que ofrecía la dama de rojo era demasiado atractivo para esas almas carentes. Les enviaba una carta de tres carillas que comenzaba con el fastuoso título «TODO INCLUIDO». Imagínese usted si el arte era lo que movía a esos seres hacia la residencia roja. Grandes banquetes esperaban ser desgustados por millones de personas que jamás habían probado esos privilegios mundanos. Una estadía de una semana para poder apreciar cientos de cuadros «rescatados». Ese patético idealismo de Murray era su mayor defecto y ella aún no lo sabía.
La primera parte de mi plan maestro comenzó con la decisión de mudarme junto a mi esposa a los Estados Unidos de América, siendo este el único país del mundo que le había prohibido la entrada a toda la familia Murray, por cuestiones mas que evidentes. Allí estaría a salvo y al no tener que ocuparme de mi seguridad, podré publicar todas mis investigaciones sobre la Dama de Rojo. Allí ella no tendría contactos para cercenar mi Libertad de expresión ni para atentar contra mi integridad.
De esta forma, el pacto quedó obsoleto. Me instalé junto a mi complaciente esposa en una casa rodante en Colorado. Elegí esta rústica opción por motivos de estrategia. El primer día,cuando llegamos a la camioneta dónde ibamos a ocultarnos y sucedió algo que me paralizó por completo. Un grito agudo sacudió mi aparente éxito, mi esposa encontró un sobre escarlata con la firma de Mariette Murray.
Rompí el sobre con una rabia que todavía recuerdo. Me salía saliva por la boca, transpiraban mis manos y un profundo ardor invadió mi estómago.
Cuando abrí el sobre me impresionó su caligrafía desordenada e histérica algo inusual en sus correspondencias.
«No habrá un día de tu insignificante vida en el que no te arrepientas de haber roto el pacto»
M.M
Una sola frase bastó para que se me helara la sangre y me zumbaran los oídos. Me sentí el hombre mas endeble de este planeta. Un solo cuchillazo vastó para que se me diera vuelta el mundo por completo.
¿Cómo sabía Murray que yo estaba en Estados unidos? La única que tenía esa información era mi esposa. Esto me indujo a pensar que nuestros teléfonos estaban intervenidos. Agarré mi móvil y el de Marta y los arrojé al inodoro, con la ilusa pretensión de que se los trague el agua. Al jalar la cadena del baño quedaron atorados, por lo cual agarré un hacha que encontré en la cocina, pensé en ella y los partí en mil pedazos.
Majita
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