Todas los lunes, Berta Elba María, preparaba la comida familiar para toda la semana. Horas y horas de arduo trabajo. Se necesitaban muchas mas manos que las de ella, sin embargo, estaba orgullosa de su labor, el cual consideraba imprescindible. Comenzaba siempre a las seis am y terminaba el último platillo a las ocho en punto. Ni un minuto mas ni uno menos. Extenuante pero satisfactorio para su alma. Ese día era sagrado. A nadie se le ocurriría emprender la inefable aventura de molestar a la señora el día que ella se dedicaba a la cocina. Todo el barrio tenía conocimiento de esta situación. Berta María fue responsable y se encargó de comunicárselo a todos sus conocidos. Sin embargo, ese día fue diferente. Varios imprevistos se avecinaron. La rutina se desmoronó de un segundo a otro.

Puso los huevos en un bowl y cuando se dispuso a batirlos sintió el inoportuno sonido del timbre. Le pareció sumamente desubicado que a alguien se le ocurriese molestarla en un momento tan sagrado.En diez años, nunca había vivido algo similar. Sus lunes eran de ella y la cocina. Volvieron a tocar. Berta tuvo que dejar todos sus quehaceres y dirigirse al interfono para ver quién osaba distraerla. Sus caderas tambaleantes y sus rodillas errantes denotaban que estaba demasiado perturbada.

-¿Quién es? preguntó elba con una voz trémula.

Nadie contestó.

Esto hizo encolerar a la señora a grados exhorbitantes. ¿Cómo que nadie? se preguntaba una y otra vez, con ciertos grados de locura.

Volvió con los huevos. Los batió con tanta rabia que terminaron salpicando el piso. Nunca le había sucedido similar atropello. Una gota de sudor se deslizaba sobre su agrietada cara, sus ojos se abrían como platos, sus manos temblaban. Horrorizada,miró detenidamente las gotas de huevo en el piso,pensó que había perdido sus dotes culinarios. Una torpeza de esa tamaña en la cocina, es inadmisible.

Nuevamente, el sonido del timbre, irrumpió su ensimismamiento.

– Ahora sí- gritó con rabia. Y se dirigió nuevamente al interfón

– ¿Quién es? preguntó. Como era de esperar nadie contestó.

Su asombro se vió percutido cuando llegó a la cocina y se encontró con que los huevos del bowl estaban patinando libremente por el piso.

No había ninguna explicación científica para el suceso. Todo era surreal. Ni en veinte vidas Elba María se hubiese podido explicar cómo habían caído los huevos en el piso. Empezó a temblar convulsivamente. La ansiedad se apoderó de ella. De repente, suena de nuevo el timbre y es ahí cuando cae sobre los huevos y su cabeza termina rebotando en el piso.

La despertó el sonido del timbre. Se levantó repentinamente como si despertara de una tortura y lo primero que se preguntó era si efectivamente había sonado el timbre. Envuelta en un mar de confusión, decidió no ir a ver quién era. Pero el sonido era fuerte y constante. Subía de volumen a medida que pasaban los minutos. Berta María, se agarró la cabeza, sintió mojado, se miró la mano y vió sangre. Como en un acto de rebeldía, selló con su mano ensangrentada el piso. Se levantó y corrió hacia el interfón a apelar al intruso. Pero nadie contestó. Harta de la situación, abrió la puerta, se dirigió hacia el rústico ascensor de su edificio y marcó planta baja. Cuando llegó al hall, vío una sombra de un señor con sombrero, corrió hacia la puerta, metió la llave en el agujero , giró la cerradura, abrió la pesada puerta, y se encontró con la cotidianeidad de la vida. Una señora gorda con un perrito diminuto, el embotellamiento de siempre en la cuadra y el señor de los tamales que ofrecía con unos cánticos muy alegres su producto. Al ver que todo se desenvolvía con total naturalidad, Elba sintió que ya no estaba en sus cabales.

Cerró la puerta con vehemencia. Corrió hacia el ascensor. De repente, un sentimiento de odio se apoderó de ella. ¿Cómo se atreven? se preguntó. Le empezó a picar la cabeza. El maldito ascensor no bajaba. Nunca había esperado tanto. Todo le parecía inaudito.

Decidió tomar las escaleras. Pero los escalones se hacían cada vez mas altos y sus torpes rodillas no podían escalar esas alturas. De repente, sintío que el barandal aumentaba de temperatura progresivamente. Se preguntó qué estaba sucediendo pero la sorprendió un aceite que se deslizaba por sus manos. Cuando despegó la mano del barandal para mirársela, como es natural en una situación así, su pie derecho erró el escalón y Elba María cayó por la escalera hasta la planta de baja.

Se levantó nueve horas después. De repente, se encontraba en un jardín precioso, con olores deslumbrantes :jazmín, eucaliptus y lavanda. Una mezcla de aromas extraña pero a la vez familiar. Lo primero que hizo fue mirarse las manos. Luego clavó los dientes en el precioso pasto que la rodeaba, perfectamente cortado y lavado. Mordió el pasto y luego lo tragó. No era un sueño, o por lo menos, no para ella en ese momento ya que el pasto sabía a pasto y la tierra a tierra, lo que la tranquilizó enormemente. Esta falta seguridad, fue tan efímera como el tiempo de descuento de una anciana.

Ante un chillido incómodo al oído, se levantó estrepitosamente, como si tuviese las rodillas jóvenes. Una fuerza ajena a ella, la impulsó a correr, pero cayó dramáticamente en el impoluto pasto y de repente sintió que su cuerpo adquiría cualidades animales. Lo primero que le creció fue una cola negra. Tras muchísimo dolor sintió como crecían sus orejas, para luego ver como cambiaba de color su piel, manchas negras y blancas se esparcían por todo el cuerpo. Se hizo mil preguntas en el lapso de su metarmifosis, pero al cabo de dos minutos de confusión extrema, su mente se puso en blanco, perdió su capacidad de racionalizar, se acabaron las preguntas y comenzaron las sensaciones del instinto animal. Se había transformado en vaca. Pero Berta María, ya no lo sabía. Murió su alma cuando se altero su mente.

MJD.

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