Cachirul


En el mismo momento en que una familia entera llora a un padre difunto, romeo nace en la otra punta del mundo, un auto es tragado por un camión en alguna ruta remota de Latinoamerica, un ciclista conoce al amor de su vida en una rodada, una diputada se enfrenta a su marido guachicolero, una hormiga le roba una migaja a otra, un hombre se empecina con una mujer a la cual idealiza pero no conoce, una abuela se despide de su nieta en un aeropuerto, un perro se come un conejo, un pétalo cae sobre la húmeda tierra, nace un poroto, se reproducen miles y millones de células. Como verán, el universo, está en constante movimiento, no existe principio y tampoco fin. Vibran los mundos de todos y lo hacen sin cesar.

«Mi nombres es Eusebio Blanco y soy un cachirul» me dijo, mirándome fijo a los ojos como si quisiera arráncarmelos con los dientes.

«¿Qué es un cachirul?» le pregunté mientras lo miraba absorta.

«Soy un hombre tramposo» me respondió con cierto aire de superioridad masculina.

Me reí a caracajadas. En ese mismo momento recordé la primera vez que me copie para un exámen de matemática. ¿Cómo uno puede copiarse en matemáticas? Yo sabía como resolver los cálculos de los modelos de exámen de memoria. No sabía de lógicas sino que respondía automáticamente con la memoria. Siempre tuve una gran tara con los números. Tambíen hice trampa en un exámen de música. Al descubrirme la profesora me echó de la clase.

El hombre que al principio buscaba aterrorizarme quedó perplejo. Ahora era él quien se sentía sapo de otro pozo.

«Madame Turrier ¿se siente bien?» me preguntó con cierto altruismo espiritual que me molestó.

«Claro que estoy bien.¿Qué es eso de preguntarle a las mujeres si están «funcionando» o no?» le respondí indignada. Sonó el teléfono, se interrumpió la tensión dialogal.

Con el paso de los meses, desarrolle una intensa afición por las manos de Eusebio. Sus dedos gordos y con durezas me hacían ver la proeza de la masculinidad bien defendida. Por momentos,me molestaba lo parco que era, pero teniamos una relación de estabilidad asombrosa que nunca había desarrollado con nadie.

Un día Eusebio me invitó a caminar. Al rato, el cielo se llenó de nubes y sufrí por primera vez el desamor mas cruento que una mujer de mi alcurnia puede vivir. El de ser rechazada por un hombre de campo, ignorante, sin clase social, carente de pensamiento crítico. Lloré su ausencia durante tresciento noventa y cinco días. Al cabo de un tiempo, decidí desapegarme de la idea de volver a conocer el amor, me transformé en una mujer helada, apática y desapacible. Muchos vieron mi rostro pero yo no ví el de ellos.

Estaban por dar las seis de la tarde cuando me llamó mi madre. Me dijo que Eusebio se había mudado a Vermont, uno de los distritos mas campesinos de los Estados Unidos. Imploró que deje el ostracismo y me recordó que era jóven como para desperdiciar mi vida llorando a un hombre que se había exiliado. Luego comenzó a defenestrarlo hasta que soltó una frase que me revolvió el estomágo «ese hombre es un Cachirul».

MAJITA.


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