Cuando era pequeña, mi madre , solo me hablaba de cuadros y mi padre de comunismo. Faltaron los cuentos de princesas, hadas, reinas , duendes y demás especies literarias. Todo se reducía al arte y al comunismo. No reniego de mi pasado, de hecho, siento que tuve una infancia cálida y creativa. En casa, decidieron, no mandarme al colegio, consideraban que la educación era propaganda de valores obsoletos y contradictorios. Mi madre era una mujer muy dogmática, solo quería educarme con los valores de un modelo que a ella le había funcionado, lleno de reglas y límites. Mi padre, Ruperto Murray se dedicaba al estudio de la historia, daba clases en las mejores escuelas. Todos en el pueblo hablaban de mi padre, de lo que enseñaba en sus clases, de las diferentes perspectivas que ofrecía de la historia y de sus repentinos malos humores. Todas las mañanas, mientras tomaba su café, renegaba de la educación, se quejaba de que fabricaban idiotas y que no les brindaban a los alumnos herramientas para enfrentar la vida. Por mi parte, siempre tuve la fantasía de ir a un colegio y tener un grupo de amigas; mi familia no me lo permitía, me brindaban educación autodidacta. De lunes a viernes tenía clases durante todo el día: pintura, historia, literatura, matemáticas, filosofía, química, teatro, y por supuesto,comunismo. Mi madre se encargaba de darme clases de todo lo humanístico, mi abuelo de ciencias exactas y mi padre de filosofía y comunismo.
A los quince años decidí probar la experiencia de ir a una escuela, así que me compré un uniforme y me presenté el primer día de clases en el colegio “San Benedicto”. Fue la primera vez que cambié mi identidad. Planié el ingreso con mucha cautela. Me hice amiga del guardia y por la noche entré en la sala de administración del colegio y busqué la lista de alumnos que me correspondía. Agarré el papel y agregué un nombre falso: Juliette K.
El domingo les dije a mis padres que me iba a retirar un mes a la casa de mi abuela Rita, con la excusa de que me enseñara el arte de la curaduría. Logré convencer a mis padres en diez minutos, llamé a mi abuela y le dije: “Rita, necesito que por un mes, digas que estoy en tu casa, que me estas dando clases de arte y que soy una alumna muy aplicada” No se por qué mi abuela no me preguntó absolutamente nada, solo respondió: “cuenta conmigo”. Siempre tuve mucha complicidad con ella, no tenía los ideales cercenadores de mis padres, era una mujer sumamente libre y entendía a la perfección la necesidad que yo tenía de experimentar y vivir nuevas experiencias.
El lunes 27 de enero de 1989 me presenté en el colegio, como una alumna más,con la falsa timidez de ser la nueva, la seguridad de ser extremadamente inteligente y con la fragilidad de ser extremadamente antisocial. Ese día procuré ir lo más fabulosa posible, me hice una cola de caballo perfectamente simétrica, pinté mis uñas de rojo y me puse el rosario que me regaló mi abuela cuando tenía tres años. No soy católica y en ese momento tampoco lo era, pero mis rasgos faciales son muy contundentes y necesitaba un símbolo que aminore mi salvajismo intelectual. Al llegar al colegio, me encontré con muchos grupos de jóvenes, llenos de vida, aunque un poco toscos. Me senté en un banco y admiré a un par de chicos que jugaban al fútbol. Los miraba absorta, como si ellos fueran dioses y yo una simple hormiga mundana. El más alto metió gol y el pequeño grupo de aficionados comenzó a gritar con euforia. Fue en ese momento que se presentó ante mí, una muchacha curvilínea y extremadamente graciosa, Malena de Benedictis. Se sentó al lado mío y me preguntó si mi cabello era naturalmente rojo, estaba fascinada. Le conté que mi color natural era el negro pero que mi madre decía que yo había nacido con el color de pelo equivocado y que desde entonces me lo tiño cada cinco meses. Malena se reía todo el tiempo, lo cual, nos hicimos amigas al instante.
Sonó el timbre. Era la señal de inicio, comienza el año escolar, en mi caso, mi primer y último mes. Malena me guió con mucha soltura hacia la sala que nos correspondía. Se paró en el medio del salón y dijo: “Ella es Juliette K se tiñe el pelo de rojo desde los tres años”. Automáticamente todos se empezaron a reír a carcajadas.
Fue la primera vez que recuerdo que la ira se apoderó totalmente de mi ser. ¿Cómo fue que me relacioné con esta embaucadora? ¿Por qué me abrí de esa manera y le conté un detalle tan íntimo? ¿Por qué no advertí sus malas intenciones?
Todo el salón se volteó hacia mí y me empezó a cantar “niña teñida”. Las burlas comenzaron a escalar, hasta que tomé el poder de mi ser, me paré en un pupitre y les empecé a arrojar mis libros a todos los que se burlaban de mi. Luego agarré una tijera y le corté el pelo a Malena. Salí corriendo como un coyote. Llegué a la esquina toda exaltada, vomitando saliva. Me pregunté qué debía hacer, sabía que sí volvía al colegio, descubrirían todas mis hazañas. Me senté en el inicio de un árbol maduro y con la cabeza fría pensé en volver al día siguiente, con otra identidad totalmente diferente y con otra edad, por supuesto, para no compartir clase con esa mujer diabólica.
Estuve toda la noche meditando el por qué de la actitud de Malena, me sentía sumamente defraudada. Tenía ganas de insultarla frente a frente y cuestionar su actitud deleznable. Esa noche no pude dormir ni un segundo, me dediqué a cambiar otra vez, al arte de ser camaleónica. Agarré mi largo pelo rojizo y lo teñí de rubio, me lo corté bien corto y me puse lentes de contacto celestes.
Por la mañana, mi abuela me preguntó, temblando ,el porqué de mi cambio repentino de look. Desayunamos juntas, le conté toda mi aventura, le pareció espectacular, de hecho estaba mas emocionada ella que yo. “Siempre quise que fueras a una escuela” me decía cada cinco minutos.
Al día siguiente, volví a presentarme en la secundaria. Ahora mi nombre era Paz vilchez y mi aspecto era totalmente diferente. Pasé de ser un hada a una nerd con aparente timidez y de pocas palabras. Me senté en la primera fila. Al lado mío se sentó un niño muy elocuente. Joaquin Fenix era alto, escuálido y hablaba sin parar. Me hizo doscientas preguntas en diez minutos, de las cuales solo contesté diez. De repente, un silencio sepulcral. Todos los alumnos se pararon como si hubiesen visto al mismísimo Dios.Los copié y cuando volteé hacia la derecha, ví un señor ancho y calvo que entraba a la sala, con lentes de sol, un maletín lleno de polvo, una hamburguesa en la mano y una sonrisa muy pícara. Se sentó en el escritorio con extremada vehemencia, apoyó su maletín en el piso, se bajó los lentes y como un rayo que parte al medio una roca, la recógnisis se apoderó de mí ser. Me bajó la presión, casi me desmayo.
Era mi padre el que estaba sentado en ese escritorio. ¿Cómo no había calculado ese dato en mi operación? ¿Por qué no se me ocurrió revisar la lista de profesores?
Un pensamiento me tranquilizó, mi padre no tiene buena vista y yo estaba totalmente cambiada. Quise correr ,pero no esta vez. Tenía que emprender mi aventura camaleónica con valentía. Hacerme cargo de mis decisiones.
De repente, mi padre nos pide que digamos nuestros nombres. Preparo mi voz para hacerla más aguda, voy primera : “Paz Vilchez”. Se baja nuevamente los lentes, me mira y me dice “a usted le falta un apellido señorita”. Debo confesar, que casi le aviento mi pluma, pero automáticamente reaccioné y le contesté “No tengo padre”. Continuó la presentación de nombres y luego vino una clase magistral. Nos explicó los conceptos marxistas de la infraestructura y la superestructura. Luego, nos hizo jugar a los opresores y oprimidos, para después explicarnos la explotación del ser humano.
Durante dos horas me olvidé que el profesor era mi padre, fue una clase magistral. Todos nos quedamos atónitos. Mi compañero de banco estaba eufórico y me preguntaba si yo me consideraba oprimida por el sistema. La dialéctica con Joaquin Fenix fue fascinante. Por un momento me sentí completamente enamorada de él, hasta que me acordé que Paz Vilchez era una niña que debería dedicarse al fomento de su intelecto y que nada tenía que hacer perdiendo el tiempo en esas andanzas del enamoramiento.
Sonó el timbre. Mi padre se levantó y fue ovacionado entre aplausos y cánticos. Me sentí exitosa. No me reconoció. Mi aventura ahora era aún más interesante. Tener la posibilidad de ver a mi padre como profesor de escuela era un sueño para mí ,que jamás pensé que iba a hacerse realidad. Volví super emocionada a casa de mi abuela. Me esperó con una pasta gruesa exquisita que todavía saboreo, treinta años después. Le conté todo lo que había sucedido en mi primer día de clases, con lujo de detalle. Rita me miraba fascinada, quería saberlo todo, se reía a carcajadas. El sol se estaba por ir y mi abuela prometió no contarle a nadie de mis osadías. Me fui a bañar y me miré al espejo, me sentía espantosa con ese pelo rubio y corto. De repente la ira se volvió a apoderar de mí. Malena de Benedictis me había traicionado públicamente y yo no se la iba a dejar pasar. Soy una mujer muy pasional y si me declaran la guerra respondo con toda mi artillería. No me meto con nadie, hasta que lo hacen conmigo.”El que ríe último ríe mejor”, pensé, y me fui a dormir, a sabiendas, de que se avecinaba una guerra,que debía planear estratégicamente y con la mente fría como pez muerto.
Al día siguiente me levanté eufórica. Me pinté las pestañas de azul,las uñas de negro, me puse los lentes de contacto de color verde, me corté la falda del uniforme, me delinee los ojos de negro, me puse medias largas con agujeros y me dirigí al colegio. Clotilde ya no quería ser nerd, aspiraba a ser una revolución, a dirigir un imperio y a emprender una guerra contra la superestructura. Esta vez, me senté en el último banco, al lado mío, Justina Vazquez, una outsider malhumorada, ojerosa y con ganas de irse corriendo.
Sonó el timbre, salí al patio y me dirigí al salón donde estaba Malena. La observé desde lejos durante diez minutos, pude ver todas sus debilidades. Me acerqué a ella con la seguridad de no ser Juliette K, la increpé con los aires de una diosa griega y le dije “Se te vé muy bien tu pelo corto”. Malena se dió vuelta, me miró de arriba a abajo, de repente, la euforia se apoderó de sus ojos, su ego voló por los aires, me abrazó con una fuerza dramática. Me dí vuelta y me fuí, sonriendo, sabiendo que la guerra,ya había sido declarada.

MAJO DELLA SALA