Cuando llegamos a Florencia, nos recibió una comitiva de expertos curadores.Eran diez en total. El objetivo era claro: querían saber qué estaba sucediendo con “El David”, de Michelangelo. El viaje había sido muy largo, por lo cual ,me dispuse a cepillarme el cabello. Lo hice ciento cincuenta veces, lo sé porque conté cada movimiento como si fuese el último.
Ese día lo recuerdo aún más que mi primera comunión, fue tan intenso como el día que ví, las torres gemelas caer, desde la televisión de mi abuela. Mi vida carecería de sentido, si no fuese, por todas las manías que me acompañan en mi día a día. Lo primero que hago por la mañana es cepillarme el pelo cincuenta veces, luego me hago un té de frambuesa que nunca termino, llamo a mi abuela Rita, le preguntó cómo amaneció y ella se enoja porque se olvidó que la llamé el día anterior.Las uñas son importantes para mí, el color refleja mi estado de ánimo. Ese día me tuve que sacar el esmalte, no podía llevar mis uñas pintadas, lo cual me desanimó bastante. Me comí una manzana con yogurt y salí a conocer la ciudad del renacimiento.
La reunión fiorentina comenzó a las 20:00 h. Hacía un mes que había recibido el reglamento, el cual exigía llevar guantes de látex, el pelo envuelto en una cofia, todo el cuerpo tapado y nada de cámaras. Me vestí lo más sexy que pude dentro de los requerimientos formales a los que se me sometió. Procuré llevar guantes de latex negro porque los blancos me hacen sentir que estoy en un hospital y mi persona dista mucho de esas practicas. Cuando llegué a la galería dell’accademia de Firenze, me recibió un hombre alto y flacucho al cual miré de arriba a abajo ,con desprecio. Cuando empezó a hablar, me exasperó, ya que, no podía hilar ni dos palabras seguidas, sin rascarse la punta de la nariz. Era extremadamente ingenuo. Los maniáticos, mi grupo de acción revolucionaria, llegaron diez minutos tarde y fueron severamente castigados por mi persona.
Richard Coleman, es un hombre sumamente egocéntrico y narcisista. En retribución a su inteligencia supina, fue designado director de uno de los museos más importantes del mundo, el museo “Degli Inocente”.Nos conocimos en el 2010, cuando nos pusieron a hacer un trabajo práctico sobre el arte soviético.Nunca le había dirigido la palabra hasta ese día. Me acuerdo que me preguntó cuánto medía. ¿Qué te importa? le contesté. Mientras hacíamos el trabajo tuvimos nuestro primer roce. Richard consideraba que el arte sovietico era propaganda, y yo, que era una forma de expresión artística. En esa dialéctica estuvimos sumergidos durante horas. Nuestra fruición artística terminó cuando preguntó mi nombre. Durante diez minutos me cuestionó exacerbado el origen de mi apellido. “Murray” murmuraba y tartamudeaba cada tres segundos.
Como comprenderán, no me sentía ansiosa por ver a Richard sino por saber por qué me llamó.El flacucho que nos recibió era sumamente molesto para mis oídos. Hablaba en demasía y todas sus palabras carecían de sentido. Era torpe y sumamente idiota. Mediante un grito satánico, alinie a los maniáticos y les pedí que me sigan. Recorrimos un kilómetro de pasadizos secretos. Cuando por fin llegamos a la oficina de mi ex compañero de facultad, recibí la primera muestra de su poder. No quería que ingrese con mi ejército, pretendía una reunión secreta. Los maniáticos me acompañan desde que fundé el movimiento revolucionario de lucha contra los opresores del arte, aquellos multimillonarios ignorantes compran cuadros, que deberían ser de público acceso y los cuelgan en el living de su casa. Contra esos empresarios caucasicos y yankees, en su mayoría, se dirige mi ejército y plantamos pelea. Recuperar cuadros de estos maleducados es nuestra principal misión.
Me sentí muy molesta, cuando los de seguridad me pidieron que entrara sola a la reunión. Accedí por curiosidad. Quería saber qué cartas traía bajo la manga, el fanfarrón de Coleman, y no me iba a ir sin eso.
Cuando entré al despacho de mi compañero me sentí hipnotizada. No me esperaba ver tantos cuadros. Me desconcertó. Por un momento ,pensé que estaba en la casa de los Medici. Transcribo la conversación que tuvimos:
Richard Coleman: Gracias por venir Mariette.¿Cómo has estado tanto tiempo?
Mariette Murray: Luchando.
Richard Coleman: ¿Contra qué luchas?
Mariette Murray: Contra esa pared de cuadros que tienes, por ejemplo.
Richard Coleman: Los compré señorita.
Mariette Murray: Justamente por eso.
Richard Coleman: La cité a esta hora para no generar revuelo.
Mariette Murray: Comprendo.
Richard Coleman: Le pido por favor que no haga ninguna de sus “travesuras”.
Mariette Murray: ¿A qué se refiere?
Richard Coleman: Lo del museo del prado.. estuvo fuerte.
Mariette Murray: ¡Estaban por vender un don bosco a un yankee ignorante¡
Richard Coleman: Sigues igual de dramática.
Mariette Murray: ¿Para qué se requiere mi presencia? Ve al grano.
Richard Coleman: El David pretende mirar para otro lado.
Mariette Murray: ¿Cómo?
Richard Coleman: Está girando la cabeza, muy de a poco, es una cuestión milimétrica.. un resultado de un estudio lo demostró. Toda la comunidad artística está muy consternada. Imagínese.. Murray si no resolvemos esto, Michelangelo se retorcerá en la tumba.
Mariette Murray: ¿Hacia dónde se mueve?
Richard Coleman: ¡Hacia el centro¡
Mariette murray: Y sí es lógico
Richard Coleman: ¿Que tiene de lógico? Justamente por eso la llamé ¡por lo surreal del acontecimiento! Murray usted entiende que si el david se mueve va a perder valor.. el museo va a perder dinero…
Mariette Murray: Ya peleó contra Goliat, ahora quiere mirar para otro lado y buscar una nueva hazaña. Está en el ADN de los hombres. ¿Qué espera usted? Hace más de quinientos años está mirando para el mismo lado¡ Un poco de empatía, ¡hombre! Es más, a usted como director de este museo ¿Nunca le preocupó eso?
Richard Coleman: ¿Qué cosa?
Mariette Murray: ¡Que el pobre hombre siempre esté mirando para el mismo lado¡ Su realidad está muy limitada, muy expuesto, vulnerable. Además se lo vé con ese hambre que tienen los machos,¡quiere pelear contra otro filisteo¡
Richard Coleman: ¿Por qué tratas a una escultura como una persona?
Mariette Murray: Michelangelo me entendería.
Richard Coleman: No podemos permitir que siga moviendo la cabeza, eso le quitaría autenticidad a la obra. La gente va a pensar que pusimos una réplica. ¡Es inadmisible¡
Mariette Murray:¿Quién eres tú para quitarle la libertad de movimiento al David?
Richard Coleman: Ya me habían hablado de tu repentina demencia..
Mariette Murray: ¿Qué quieres de mí?
Richard Coleman: Que me hagas un reporte de lo que está sucediendo con la escultura y soluciones el problema.
Mariette Murray: Creado por ti..
Richard Coleman: ¿Quieres o no?
Mariette Murray: ¡Manos a la obra¡
Acepté porque me dió mucha curiosidad el movimiento de la escultura. Nunca lo consideré un problema sino una virtud. Jamás había tenido la oportunidad de ver en persona al David de Michelangelo,no imaginaba lo que me esperaba.
Esa misma noche, se me abrió la puerta del museo. Ingresé altiva con mis maniáticos marchando tras mi paso. Luego de un ridículo control de seguridad, apareció un señor vestido de blanco, con una barba quilométrica quien muy amablemente me abrió las puertas de la sala en cuestión. Todo estaba a oscuras.Por un momento tuve un deleite de paz. Cuando la sala se iluminó, todos nos quedamos anonadados. La escultura era imponente. Culto a la masculinidad, apoteosis de hombría, monumento a la fortaleza del hombre. Me quedé estupefacta durante dos horas. Nadie se me acercó a interrumpir mi acto contemplativo. La sala se mantuvo en absoluto silencio.
El gran enigma era el por qué del movimiento de una materia supuestamente inanimada. Le pedí a mi ejército que hiciera las mediciones necesarias para ver cuánto se había movido y en qué cantidad de tiempo. Hice un análisis exhaustivo de toda la escultura, tomé muestras de polvo,medí temperatura, toqué la cabeza y saqué fotos radiográficas de la obra.
Esa misma noche fue muy intensa a nivel onírico. No me pude sacar de la cabeza la imagen de David. A la mañana siguiente, me levanté sobresaltada. Luego de cepillarme cincuenta veces el pelo, me dispuse a analizar todo el material que había recabado en la investigación.
Todo un día de análisis me llevó a la conclusión de que, la cabeza, no así, el dorso del david, efectivamente, se había movido unos cinco grados a la derecha, en quinientos años aproximadamente. Solo tenía un dato duro, pero ninguna explicación lógica para tal situación.
Resuelto cuánto se movió,el nuevo desafío era averiguar por qué. Junté a los maniáticos para tener una nueva noche de deliberación activa y dilucidar el enigma.
Robert, el ingeniero del grupo, se puso a ver los números y al cabo de dos horas, vino corriendo a decirme, qué estaba pensando. Al principio tartamudeaba compulsivamente pero luego se tranquilizo y logré entender lo que me quería decir: “David quiere mirar hacia el centro”.
Nada nuevo bajo el sol, le dije y seguí caminando.Me quedé perpleja ante la simplicidad de la oración y atónita por la imposibilidad de explicarlo racionalmente. Algo en mí, aceptaba ese enunciado como totalmente válido pero la ciencia no lo podía respaldar. Alguien dio un bostezo y como rechazo me agarró la imperiosa necesidad de estar sola, así que dí un grito furtivo y les pedí a los maniáticos que abandonaran el recinto.
El silencio se apoderó de la sala y las luces subieron de intensidad, mientras yo caminaba hacia él, altiva, con la mirada fija en su torso. De mi se apoderó su imponente masculinidad, me dejó totalmente frágil y desarmada. Pero no caí en la tentación, no permití que me sedujera, por lo cual, tuve que concentrarme al máximo en la misión que se me encomendó. Era yo, contra toda esa energía masculina hipnótica,catártica,despiadada,sensual y poderosa. Seguí caminando, como si no hubiese un mañana, con miedo a perderme ,con pánico a que esa energía, me tire una piedra como lo hizo contra Goliat o me hechice para que nunca más me atraiga un hombre que no sea el.
David tiene una apariencia hipnótica, bien pudiera haber un hombre de carne y hueso ahí adentro. Se siente su nobleza,humanidad,valentía, caballerosidad y solemne hombría. Lo siento como un hombre que ha desarrollado su espíritu más allá de su potente fuerza física. Necesito hablarle, escuchar su tono de voz y que me cuente, por qué está haciendo este movimiento extraño de traslación.
Me paré frente a sus ojos, lo miré fijo durante quince minutos. Al notar la ausencia de reacción por parte del musculoso héroe, usé mi recurso dramático por excelencia: el llanto.
Comencé a llorar despacito, sollozando como animal herido y al cabo de cuarenta minutos, mi llanto empezó a exponenciarse, llegué tan alto en mi emoción que varios vidrios se rompieron. Luego mi llanto se transformó en histeria y ahí fue cuando ocurrió lo más relevante que una curadora experta como yo pudo haber visto. Como todo hombre, llegó un momento que mi llanto lo descolocó y lo hizo salirse de sí. Muy naturalmente, prescindiendo de su esencia escultural, giró su cabeza, me miró y como un rayo, me destrozó.
David: Señora ¿Qué es esta tortura que me aplica? ¿Acaso estoy en el mismísimo infierno? ¿Qué hace usted sola aquí? ¿Dónde están mis admiradores?
Mariette Murray: Quiero saber por qué usted está moviendo su cabeza hacia el centro.
David: ¿y usted quién es?
Mariette Murray: Soy Mariette Murray, regente de “los maniáticos” una organización que defiende los derechos de las obras de arte.
David: ¿Derechos de las obras de arte? jaja, nunca pensé que esta sociedad iba a llegar a tanto. Cuénteme abogada del diablo ¿qué derechos adquirí en estos 500 años que llevo parado como un imbécil, en la misma posición mientras los humanos me miran sin reparos? ¿Usted cree que es agradable para mí estar desnudo frente a tanta gente durante tanto tiempo?
Mariette Murray: ¿Usted quiere irse del museo?
David: ¡Por supuesto que quiero! ¡Estoy harto de ser el fetiche de todos! Y sí, efectivamente, estoy volteando mi cabeza, porque el próximo paso es destruir este lugar e irme por la puerta grande ¿sabe?
Mariette Murray: Si lo destruye.. no se irá por la puerta grande. Escúcheme, yo lo voy a ayudar, sólo dígame ¿dónde le gustaría estar?
David: En el centro del Ponte Vecchio.
Mariette Murray: Primero, me dices que estás fastidiado de que te miren y saquen fotos. ¿Ahora me dices que quieres ir al centro del puente más famoso de Italia? Pensé que querrías retirarte al desierto por ejemplo.. y estar solo unos años..
David: ¿En el desierto? ¿Que clase de hombre cree usted que soy yo? ¡Soy la escultura del hombre más imponente de Italia y del mundo entero¡ Un luchador por excelencia, noble y osado. Tengo derechos.. Yo quiero estar en el epítome de Florencia, tener la posibilidad de mirar el río , de recibir el calor del sol, la algarabía de los niños, la luz de la luna, besos de enamorados, cánticos de artistas. ¿Tiene idea lo que es estar toda la vida postrado en un museo? ¡Aquí ni siquiera se dan a la tarea de bañarme porque creen que me van a corromper¡ ¡Imagínese, Mariette, yo en el centro del Ponte Vecchio, recibiendo la lluvia celestial de florencia¡
Mariette Murray: Usted es un hombre con ambiciones narcisistas.. Sin embargo, lo entiendo profundamente. Luego de esta agradable charla, veré que puedo hacer al respecto. Tendré que pensar un muy buen plan para poder ayudarlo señor David. Pero no se preocupe, tengo la artillería para cumplir su sueño.
Se apagó la luz. David volvió a su posición original en cuestión de segundos. Me quedé absorta en lo que había sucedido. Su voz era tan sensual que no me había permitido pensar con claridad. Me sentía sacudida por electroshocks, por una realidad paralela que jamás había experimentado en mi amor por el arte. Experimenté el privilegio surrealista de tener un diálogo con “El david” de Michelangelo. Mi llanto fue una estrategia para ablandar al rey de hombres, testigo de Jehová, espantador de filisteos. Esa noche en el museo de la academia, tuve la revelación de la trascendencia del arte a lo largo del tiempo y de que sus necesidades también pueden cambiar de acuerdo al contexto.
Si bien yo ya había descubierto el enigma por el cual fui contratada, decidí mantener mi encuentro en total anonimato. Soy una soldada del arte, mi alma le sirve a la justicia artística, soy defensora de los derechos de las obras de arte. Por ellas,si es necesario, doy la vida, así que, si el david, quiere estar en el centro del Ponte Vecchio, que así sea, porque luego de servir a la humanidad durante más de quinientos años, tiene todo el derecho del mundo a querer cambiar de vida. Quiere vivir frente al río de Florencia ¡Que lo haga¡ De ahora en mas, yo seré su abogada, y una de las misiones de los maniáticos, será restaurar el orden y destruir todas esas tiendas de joyas ridículas y poner en ese puente a la apoteosis artística del género masculino, “El david”, de Michelangelo.
Continuará…
