Los irreverentes: El caso de Paulo Bandarelli


Hace tiempo vengo pensando, rodeando el sentimiento con mis ideas, buscando vislumbrar, algo al final de esta situación,que me envuelve. 

Fue un jueves de otoño, cuando conocí a Paulo Bandarelli, el único periodista al que le doy notas. Él ,es el único que sabe la verdad de este enjambre. Por eso les pido, encarecidamente, a todos mis seguidores, fanáticos , maniáticos o como se quiera denominar, que tengan la capacidad de discernir entre lo falso y lo verdadero.

Paulo me conquistó, fue uno de esos triunfos de alquimista ayoico. Ciento cincuenta y cinco cartas, precedieron, que yo acepte tomar un café con él. En su correspondencia, siempre se dirigía a mi como la “La Lady mariette». ¡Eso me encantaba! Durante las primeras diez cartas, no hizo más que hablar de mí y de mi majestuosidad como mujer. Mi ego se regocijaba entre nubes de colores, todo eso ,era música para mis oídos. Siento que Paulo, es la única persona en la tierra, que entiende mi filosofía comunista. Es que, esto del comunismo, es algo serio, que no quiero dejar de transmitir. La primera vez que escuche de Marx, fue a los diez años. Mi padre me leía el manifiesto, una y otra vez. Luego me lo hacía recitar en voz alta, frente a mis abuelos. En mi familia, se decía que un tatarabuelo había sido parte de la Primerísima Liga comunista, la original, la de 1848. Humberto Roberto Meraz, un intelectual, al que no le gustaba la fama, ni el reconocimiento, perfil bajo. Su mujer, Carolina de la O, era la mujer más vulgar del pueblo, pero mi tatarabuelo se enamoró perdidamente de ella, por su calidez y su forma de cocinar. 

Más allá de los chismes, llevo en mis venas ,el comunismo, a flor de piel. Considero que la lucha de clases de la que tanto hablaban Marx y Engels, se da periódicamente y compulsivamente, en nuestro discurrir diario. 

Volviendo al tema de mi periodista de confianza, cincuenta cartas recibí,durante un mes. Me rogaba que le acepte un café, mientras me garantizaba, medidas de seguridad extremas para que nadie me encuentre, que por cierto, me hacían reír mucho.Una vez le pedí que me mandara el anillo de compromiso de su abuela, una húngara de la socialité. Para no arruinarle su vida amorosa, le prometí, que cuando yo, tenga absoluta confianza en él, iba a devolverle su sagrada perla.  Lo convencí, con el argumento, de que tenía veinte años y que apenas estaba saliendo al mundo.“No te conviene casarte, eres muy jovencito aún, debes vivir”. Al día siguiente, tenía en mi casa esa reliquia antiquísima. Recuerdo haber estado mirado diez horas seguidas el anillo, observando cada detalle e imaginando todas las sensaciones que había experimentado la doña al usarlo. Tras la década horaria, suspiré y concluí :“Que aburrido eso de casarse”.

Toda la restante correspondencia, fue una cuestión de lucha de ideas. Debatimos sobre la globalización,liberalismo, comunismo y arte. Todo nos llevó a una fruición artística dialéctica muy peculiar.

La primera vez que lo ví, fue en mi propia residencia. Al abrir la puerta,ví un joven flacucho y frágil.Temblaba como pollo electrocutado, su cuerpo se estremeció. Él temió por su vida y yo lo invité a pasar con amor y falsa candidez. Me sentía como el lobo de la caperucita.

Le serví un cafecito muy especial, como para un joven periodista, con mucha leche batida y una de esas galletas grandes con chocolates incrustrados. Estábamos sentados, frente a frente. Él tomaba su café y me miraba atónito, yo también a él. ¡Qué jovencito tan indefenso! pensaba en mi interior, mientras el niño adulto no me sacaba los ojos de encima, como esperando un abrazo o una calurosa sonrisa. 

Así nos quedamos unas cinco horas, frente a frente, y en silencio. Yo me sentía como una flecha, mis ojos se habían clavado en sus ojos, no podía ni pestañear. Quería ver, qué había detrás de ellos, cuánto era el miedo que le generaba. Durante toda esta ventana de tiempo, que compartimos, sucedieron muchas cosas,siempre envueltos, en el discurrir del silencio. Hubo momentos,donde Paulo transpiraba a cántaros, luego miraba para abajo,  me sonreía, lloraba,reía y deliraba. Mis ojos están clavados en él todo el tiempo. Cuanta emoción me generó  entender que en mi mirada tengo el poder de hacer pasar a un ser humano, por todos esos estados emocionales, sin tener que pronunciar ni una sola palabra. 

Pasadas las horas, me levanté, fuí al baño, me puse mi pijama y regresé a la sala donde estaba sentado Paulo. El me miró, confundido, no comprendía el abrupto cambio en mi apariencia. Pasé de estar con un vestido azul marino a un pijama, un poco, sugestivo. 

Lo invité a irse. Paulo me miró desconcertado y comenzó a hablar tan rápido, que poco fue lo que entendí. Me preguntó por qué no habíamos hablado de nada. Le respondí que no siempre es necesario hablar y que “en el silencio está la verdadera esencia de las personas”.Además, le sugerí, que escriba su primera noticia autorizada sobre mi, a partir de lo que había visto y sentido durante esas cinco horas.

Tras mi invitación, ví como sus ojos se desorbitaron y comenzaron a dar vueltas frenéticamente. Ya han pasado diez años, la confianza entre nosotros es plena. Su anillo fue devuelto en tiempo y forma.Luego se casó con una damisela muy  complicada y malhumorada, que por cierto, me cae muy bien. 

Declaro en este documento, que Paulo Bandarelli, es la única persona autorizada en este planeta, a escribir sobre Mariette Murray. Todo lo demás que lean en los diarios, son noticias sin substancia, como las que escribe ese sujeto tan deleznable, al cual hoy no le daré lugar. 

Hoy es, fue y será ,un día de furia, uno de esos momentos culmines, en el que dos almas se reconocen y saben de qué están hechas.

Pd: Con mucho cariño, para todos mis maniáticos, Mariette Murray.

autor: María josé Della Sala


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