Los irreverentes: el caso del director del diario “La verdad”
Eugenio di marchi es quién les escribe. Fui director del diario “La verdad” durante quince años. Por los 2000, teníamos muchas noticias económicas que cubrir, pero en Manhattan, una mujer llamada Muriette Murray se llevaba toda la atención de los medios. Tres crímenes en una semana, todos bajo ahorcamiento con hilo dental.
Nuestro criterio de noticiabilidad nos decía que teníamos que cubrir a la nueva loca de Manhattan.Sí, quizás fue excesivo. Le dedicamos veinticinco portadas y treinta artículos.
Fausto Corrales, era mi periodista estrella en esos tiempos. Un chico joven con muchas ganas de aprender y llegar a la verdad. Tenía vasta experiencia en cubrir crímenes de todo tipo y hasta le brindó pistas a la policía para que atrapen a tres asesinos.
Por momentos, sentía que el caso de Mariette, absorbía e incluso superaba todos los recursos de nuestra redacción.
Tras el primer crimen de Mariette, toda la policía de Manhattan, se puso a buscar a la supuesta “novia negra” como le decíamos en el diario. Fueron treinta días de intensa búsqueda, la cual, llegó a la misma nada.
Todas las mañanas, cuando llegaba a la redacción, me encontraba a Fausto tomando café y fumando puros. A los dos minutos de entrar en mi despacho, llegaba él todo exaltado con una carpeta llena de fotos y datos. Me empecé a preocupar, cuando escuché que otros colegas habían sufrido graves repercusiones en su vida personal, al publicar artículos sobre ella. Un día, increpé a Fausto, le pedí que deje de escribir de ella, por su seguridad y por la de todos los que trabajabamos en el diario.
El objetivo de fausto era implacable, decía que a lo único que le temía era al té de manzanilla, que él no tenía nada que perder. Poco a poco, los otros diarios de Manhattan ,dejaron de cubrir los casos de Mariette, para resguardar sus vidas. Todos recibimos amenazas por aquellas épocas.
Un día llegó a mi casa una carta, el sobre era rojo y su textura áspera. Lo abrí con valentía porque sabía que algo raro había dentro de ella. Al hacerlo, la primera hoja decía “Sé a qué colegio va Martina, conozco todos los horarios de tu mujer, va a la peluquería todos los lunes y miércoles a las cinco de la tarde. Tengo un fiel amigo que sabe dónde estás cada minuto de tu vida, sé que tomaste una ducha ayer a las 21:12 hrs. Lo se todo Eugenio, asi que dejen de perseguirme o los hago desaparecer”
No lo voy a negar, me puse realmente nervioso, al leer que Mariette sabía todo de mí y de mí familia.
Ese mismo día, llamé a fausto y le dije “Yo si tengo mucho que perder, tienes que darle fin a esto, ya han pasado dos años, los diarios han dejado de cubrirla, no quiero poner a la redacción en peligro”
Por la tarde, Fausto, llegó a mi oficina y me pidió que le firme la renuncia. Me dijo que él no iba a dejar de buscar a Mariette, que tenía que hacer justicia y que no iba a poner en riesgo a ningún trabajador de “La verdad”. Con mucho dolor, acepté su renuncia. Mi mejor elemento en la redacción renunció por la obsesión de querer encontrar a una mujer siniestra y enigmática.
“Paren las rotativas, no quiero ni un solo artículo más acerca de Mariette Murray”
Aquí no termina. Fue un viernes, luego de diecisiete horas en la redacción, volví a casa. En el centro del living, Mariela se retorcía del dolor y lloraba sin parar. Le pregunté qué sucedía y me dijo que ya lo sabía todo. Me preguntó si la amaba, mientras lloraba desconsoladamente. “Alguien”, todos sabemos quién fue, le mandó a mi esposa unas fotos mías ,cenando con otra mujer ,en un restaurante muy exclusivo.
Luego de eso llegó el divorcio. Mi familia se disolvió en cuestión de dos semanas.
Dí parte de enfermo en el diario, y me hundí en el ginebra. Al mes, me dije a mi mismo que si no volvía al diario, me ponga a buscar trabajo en una gasolinera.
Al regresar a la redacción, todos mis empleados me preguntaban qué me había sucedido. Convoqué a Fausto y organice una reunión de blanco con todos los periodistas del diario. Dí un discurso apoteósico, lo sé por las caras de los periodistas. “A partir de hoy, quiero que cubramos a Mariette Murray, todos los días. Quiero a todo el equipo trabajando en eso.. Quiero saber que come, con quién duerme, su color de pelo, su personalidad, si se tira pedos, ¡todo¡” Mientras esbozaba estas palabras, los ojos de fausto se llenaron de ilusión. Los ví resplandecer entre la marea de ojos petrificados y sin sustancia.
Al día siguiente, designé a fausto como el director de la sección Mariette Murray. Al mes, se presentó en mi despacho y me preguntó ¿Por qué cambiaste de opinión? «Porque en este diario somos irreverentes», le contesté.

Autor; María José Della Sala