Los irreverentes: el caso de Mariette Murray


Nací en una ciudad muy alborotada y en un hospital que hoy es jardín de infantes. Escribo sobre mí porque si yo no lo hago, lo hará el estúpido periodista que me persigue hace cinco años y publica noticias mias todos los dias.Si yo no lo documento, todos los detalles de mi personalidad serán alterados e inventados  por él. 

El color de mi pelo no es algo permanente, cambia según mi estado de ánimo. A veces me gusta llevarlo rojo, otras verde y si me animo azul. 

Cuando me levanto por la mañana, rezo tres ave marías y dos padres nuestros, porque soy católica de la boca para afuera. Me encanta la ginebra y el té de manzanilla. Sé que es una combinación bizarra, pero les puedo asegurar que hacen una excelente fórmula. 

Me considero muy coqueta, me gusta cuidar mi imagen, como me ven me tratan y eso es evidente. 

Hasta los quince años todo en mí indicaba una gran promesa hacia las ciencias. Siempre me gustó la biología, la parte de abrir animalitos en el laboratorio del colegio era mi momento favorito en el mundo. Pero un día la clase de biología terminó y al no tener qué disecar, fuí a comprar unos cinco ratones a la veterinaria del barrio. Los puse a todos a vivir en una pecera vieja que tenía mi papá de cuando era adolescente. “Ya no habrá peces, sino ratones” pensé. Luxa, Pedri, Venus, Lulu y Grench se divertían entre caca aserrín y ruedas para correr. 

No lo voy a negar, por varios meses tuve un instinto de cuidar a esos animalitos. No sabría explicar cómo pasó, pero pasado el año de alimentar los ratones, al verlos tan gordos y felices , de mis entrañas surgió el deseo de matarlos. 

Al mirar sus ojos, veía una angustia intermitente que solo se apagaba al momento de la comida. Ví en ellos el deseo inminente de desaparecer de esta tierra.

La primera víctima fue Lulú, una ratoncita blanca con ojos azules y una cola rosa asquerosa. La elegí porque era la que primero quería irse. No me cuestionen, los ojos siempre dicen la verdad. 

Luego de planear ciento cincuenta formas de matar a un ratón y anotarlas en mi cuaderno, una mañana me levanté , vi el hilo dental en mi baño y dije “así es como va a ser”. 

Eran las seis de la tarde, lo sé porque a esa hora pasaba el cartero pidiendo atención. Mientras mamá estaba distraída cocinando una lasagna de receta familiar, agarré a Lulu, envolví el hilo dental por su cuello, le di varias vueltas, y la colgué de un clavo. Fue así como cometí mi primer “asesinato”.

Los cuatro siguientes se dieron la siguiente semana. Les puedo asegurar que cuando un hámster es ahorcado, chilla y muy alto. Sé que no hay estudios al respecto, porque a ninguno de esos científicos de la socialité se le ocurre experimentar la muerte de un hamster por ahorcamiento. En fin, puedo documentar, para sumar a la ciencia, que un ratón sabe perfectamente que está siendo ahorcado. Los ojos se les van para atrás, abren y cierran la boca compulsivamente y gritan con un chillido tan agudo como el de los cerdos. Registré también en mis anotaciones que mientras uno de los ratones es ahorcado, los demás sufren convulsiones.

Cuando me quedé sin ratones para matar, busqué lombrices y las maté bajo el mismo procedimiento. Pasaron muchos años, me distraje con el deber ser de la universidad. Estudié enfermería porque era corto y me gusta ver sangre. Trabajé en la sala de emergencias del hospital del centro durante varios años. Ahí aprendí muchísimo de medicamentos, procedimientos y operaciones. Siempre admiré a los cirujanos, tan concisos, milimétricos y parsimoniosos. Abren el cuerpo humano y te cortan, te meten y sacan bolsas de raras gelatinas. 

Durante los años de enfermera , me hice muy amiga del doctor Ulises Rey, un cirujano treintón, con muy buen pulso pero mucha ansiedad. Uli me enseñó todo sobre operar, lo que él no sabía era que yo quería descuartizar, pero masomenos es lo mismo.

Era el mes de marzo y hacía mucho calor. Facundo me invitó a su departamento a ver una película. Salíamos hace dos meses y nunca había conocido su casa, así que estaba muy entusiasmada. Fue una noche única donde no faltaron las velas, rosas y besos apasionados. Toda esta atmósfera cambió cuando fui al baño y al lavarme las manos ví sobre el lavabo un estuche de hilo dental. No puedo explicarlo a ciencia cierta, pero me remití a  la Mariette que a los quince años ahorcó cinco hamsters, ese deseo resurgió de mi tripa, el hambre voraz por matar.

Me quedé unos veinte minutos mirando absorta el hilo dental.Se despertó un instinto muy voraz en mí. El hilo dental me generó cierta adrenalina mental ,que culminó en la posterior muerte de Facundo.

Mientras él dormía, le envolví todo el hilo dental por el cuello, fui muy cuidadosa, para que no despertara. Yo creo que le habré dado cincuenta vueltas de hilo. Cuando terminé tal hazaña empecé a tirar de ambos lados del hilo, al igual que lo hacía con mis hamsters. Ahora saben que el hilo dental puede ser mortal. Facundo murió rápido aunque las vueltas de hilo no alcanzaron y tuve que ayudarlo con una almohada. 

Facundo era parecido a Lulú, en sus ojos el deseo de muerte era evidente. Ya estaba harto de vivir en esta sociedad capitalista, me decía llorando,cuando volvía del trabajo.

Al periodista ese que anda merodeando mi existencia hace cinco años, a ti Fausto corrales, quiero decirte que no soy ninguna ignorante y mucho menos asesina, yo soy una facilitadora. 

Eso que escribiste sobre mis encuentros sexuales con políticos es propio de un ser sin materia gris, y muy amarillista. Sí llamar la atención en los medios inventando morbos es digno de un periodista de poca monta como tú. Lo que sí puedo admitir, es que a los quince años sí fui una asesina, pero ahora que tengo treinta y cinco años de edad, evolucioné a facilitar la muerte a aquellos que no tienen esperanza. 

Soy una mujer muy solicitada, me busca un periodista sin recursos mentales, la policía y el FBI. Nadie me encuentra, ¿Saben por qué? Porque soy brillante y tengo muchos amigos que no piensan igual que el resto y me apoyan en mi causa. 

¿Saben lo que es ser gris? ¿Saben de la desesperanza? ¿Conocen el vacío existencial? Claramente los que me tildan de asesina, no comprenden a los seres que no tienen ganas de vivir. ¡Es como los imbéciles, que dicen que los pobres son pobres por vagos¡

Si bien el color de mi pelo puede variar , las uñas siempre las llevo rojas. Este detalle que puede parecer superficial es impòrtante ya que me enerva que ese periodista diga que me pinto las uñas de negro. ¿Cómo se le ocurrió semejante insulto? Soy una mujer muy fina como para pintarme las uñas de ese color. 

Tengo mucho para escribir sobre mí, soy la reina del egocentrismo y me da placer ser yo la única destinataria de mi existencia. Estoy completamente enamorada de mi forma de pensar y ver el mundo. A lo largo de mi trayectoria  he sabido escabullirme muy bien en la sociedad. ¡Las fotos del boceto de mi cara están en todos los árboles de esta maldita ciudad. ¡Eso me encanta! Cada mañana me exalta la emoción de pensar en cómo pasar desapercibida. Me sale muy bien. Tengo una vida bastante normal, porque soy tan camaleónica que no me reconocen. Aunque también tengo que admitir que ese boceto parece hecho por un niño de dos años y poco tiene que ver con mi cara.  

Escribiré más sobre mí. No quiero que ese cuasi periodista gane dinero inventando sobre mi personalidad y mi accionar. Si Dios quiere, en una semana, volveré a reportarme, desde algún lugar del mundo.

Con mucho amor, Mariette Murray.

autor: María José Della sala


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