Cuando Elena de Obieta apagó su cigarrillo , lo apagó con rabia ; la resignación se le hizo carne acuosa en esos dedos amarillos y esqueléticos , su respiración le reclamó intervalos mientras su estómago se encojía igual que lo hacen las oniscideas cuando tienen tripofobia.
Esta mujer de aspecto tan lánguido y estrusco se pasaba todo el día planificando cómo evadir a la plaga de humanos encefálicos que la rodeaban. Lamentablemente había nacido en la época equivocada y tenía que lidiar con esa atemporalidad. Lo supo una vez que se presentó en una entrevista con el doctor Juan Héctor Labalú , especialista en extirpaciones cerebrales, quién al notar que no le podía extraer la parte añeja del cerebro a Elena, le recomendó el exilio a otro país y la búsqueda vehemente y con cierta urgencia de una terraza en el medio de la urbe mexicana; también la instó a la ejecución de un aislamiento inmediato y definitivo de su persona con respecto a toda la sociedad.
Lo que la mujer en cuestión nunca supo es que el especialista en arreglos mentales, se había enamorado perdidamente de ella y ante la imposibilidad de concretar el amorío (dado que ya tenía dos esposas y una amante) se le ocurrió la romántica idea de enviarla lo suficientemente lejos dentro de los oscuros límites de América Latina.
Unos días antes de escribir la receta , Labalú le confesó su amor a Obieta pero ella lo miró con desdén y promovió con señas exóticas ,alocadas y melómanas que su corazón pertenecía a Louis Daniel Armstrong; siendo este dato de poca relevancia para el extirpador, ya que “Pops” había tenido un clásico infarto agudo de miocardio y sus huesos de latón galvanizados en oro se habían perdido en algún lugar recóndito del Fishing cementery
Elena era una inconformista; de esas mujeres que optan por vivir en planos subalternos de la realidad. A diferencia de los demás mortales, ella no veía lluvia sino que reproducía alguna guerra suntuosa y violenta de la historia; en cada gota se reflejaba un general que peleaba contra un adversario y la primera minúscula partícula que besaba el piso era el vencedor. Su capacidad de entretención era completamente divergente con respecto a sus coetáneos. Constantemente,era incomprendida por todos esos seres ubicuos y poco numinosos abstraídos en telepantallas orwellianas.
Revolucionaria por naturaleza; un día cuando era niña ante los constantes enunciados distópicos de su madre hacia su persona decidió escaparse al campo donde vivía un ser tan excesivamente tantálico que la historia optó por no reconocer: el señor Rucomano Bastieri.
Bastieri era un idealista ; vivía del vino y de la grasa de campo. Mientras masticaba frenéticamente un salame hacía alusión a su rol de mediador en la guerra entre Cnosos y Lictos o a su astucia bélica ingenieril en la de Corinto; lo hacía con tanto detallismo y ornamentalismo que él que lo escuchase lo creía hasta que se daba cuenta de que esa guerra quizás ni siquiera había sido apostillada en alguna franja de la recta histórica.
Bastieri le enseñó a Elena el arte de la caza y la importancia de la oratoria y formó a su nieta con las mejores herramientas del renacimiento y del iluminismo. El arte de la guerra era la materia predilecta de la niña , siempre jugaba a acuchillar árboles, imaginando que eran adversarios en su futura conquista de Creta. Se impregnó del arte de la espada y del correcto funcionamiento de la lógica aristotélica.
El 15 de agosto del 3040 ,con una pandemia de cerebros rostizados en grasa de vaca pasteurizada, seres anómicos y anémicos deambulaban por “Polancea” , el barrio más lujoso de la Ciudad de México.
Así como toda intertextualidad requiere de atemporalidad, todo descubrimiento requiere de cierta libertad. La noche anterior Obieta se sentía incómoda, desahuciada por un extraño temblor en su ceja ya cuadripléjica cuando tuvo el inoportuno deseo de cocinar un flan ,pero como ya habían dado las once y media, consideró que la ejecución de ese plan podría ser socialmente escandaloso. Se imaginó una gran aguja oxidada penetrando hegemónicamente su cerebro, eran los otros los que la acechaban, esos seres anónimos y a la vez masificados que reprendían su accionar con gritos plagados de imperativos categóricos. ¿Cómo vas a cocinar un flan a estas horas de la noche? le preguntaba un estómago lleno de cadenas y cables pinchados. La exclusión era el castigo que se avecinaba porque esa masa ubicua se toma el derecho de poner una etiqueta de locura en cualquier acto de displicencia. pero Obieta era una auténtica hedonista revolucionaria, hallaba el placer en las insurrecciones.
“Batir cuatro huevos y colocar el azúcar necesario” repitió con actitud obsesiva durante dos minutos mientras abría la lata de leche condensada con un martillo. Nunca le había gustado cocinar, lo consideraba un acto tedioso y poco belicoso, sin embargo, ese día le colocó cierto empeño narcisista y por un momento pensó que se iba a ver reflejada en ese flan.
Un mosquito le escupió en el oído, abrió el asador y vio dibujada la cara de un gato de Pallas, digno de la aristocracia del siglo XIX. Lo observó con cierto asombro, el romance se esparció por toda la casa , el olor a flan se transformó en un humo espeso, grisáceo ,bestial. Tan dulce era el aroma que hasta una abeja reina se acercó a danzar al son del misterio.
Elena ingresó a una burbuja de azúcar y vio acercarse una figura naranja y aterciopelada con los ojos semicerrados cual telones de teatro que se apelmazan sobre un piso rústico. Sus patas eran lujuriosas y su cara eminentemente dramática. Un pelaje estilo Luis XV lo adornaba con solemne puntillismo y tenía una cola extensa como el Río Nilo.
Si usted ha tenido, alguna vez, la fortuna de observar un caleidoscopio quizás ha podido advertir que éstos son tan embriagadores que el óculo humano queda absorto en ese movimiento circular de placas lumínicas, es como que se cuela en los intersticios de la magia, se pierde el alma, se va asfixiando entre las divisiones refractarias.
Macedonio era aparentemente un gato; la sobreesdrújula es acertada en este caso ya que era un animal oxímoron:era gato y humano, elitista y proletario, anaranjado e invisible, salvaje y conformista.
El giro dramático se llena de libertad y el animal tantálico abre los ojos. Tanta alquimia hubo entre ellos que un minotauro se acercó y pinchó la burbuja, apareció Ariadna pero murió al instante. Elena vió en esos dos orbitales todas las rotaciones y translaciones del sol dilatadas en la historia de la humanidad.
Los ojos del oxímoron eran abismales;se colaban hasta el tuétano ajeno, llenos de irreverencia y orgullo altruista. Una mirada y Elena sintió lo mismo que sintió la de Troya cuando vió a Paris por primera vez.
Ser observado por ese gato se sentía como un privilegio ancestral, era como entrar en el laberinto y besar a Teseo.
Frente a todo este escenario de almismo ayoico, la señorita Elena de Obieta tomó al oxímoron y lo secuestró en los confines de su ecosistema, socialmente considerado blasfemo.
Muchos hombres y mujeres le ofrecieron billetes de todos los colores y tamaños con tal de tener el privilegio de obtener una prerrogativa para ser vistos por Macedonio; en ese entonces se creía que sus ojos podían liberar las almas de partículas ociosas, depurar las sangres disfuncionales o hasta inclusive cambiar la forma del corazón de ovalada a romboide.
Pero como la realidad es eminentemente caleidoscópica a nadie se le ocurrió pensar que el oxímoron solo podía contradecirse y por lo tanto existir con una sola mujer : Elena de Obieta.

Nota al lector:
Implica cierta decadencia para mí tenér que hacer esta obvia aclaración: este cuento surge como tributo a uno de mis dioses : Macedonio Fernández. Si lo anterior sirve como puente, y al menos una persona descubre a este autor mi razón de ser artística será colmada de satisfacción.
POR, MARÍA JOSÉ DELLA SALA