Cuantas veces quise mirarte a los ojos y no pude. Todos los días en especial por las noches comienza tu orquesta de ditirambos y reproches. No existió tiempo en el que me dejaras en paz. Desconozco si sos hombre o mujer , pero tu presencia indefinida me carcome la cien. Siento los golpes de tus críticas cual tambor hundido en el mar.
Ocurrió durante julio de 1900 cuando una señora de larga espalda se acercó hacia mí y me susurró al oído que vió a alguien meterse adentro de mi cuerpo , una entidad borrosa pero que generaba una extraña sombra. La miré perpleja y atine a acusarla de demencia pero no pude, algo me lo impidió , quizás el ruido del tren chillando contra las vías o algún grito de una madre para sus hijos.
Aquella noche no pude dormir, imaginese como se sentiria usted si le dicen que han visto una presencia entrar en su cuerpo. Mi mente era un barrilete de preguntas y en la sangre sentía un torbellino extraño , como si una reacción química estuviese a punto de explotar y hacerse añicos , fundirse con mis celulas e incendiar mi cuerpo. Decidí anclar mi existencia en un sueño profundo y me juré a mi misma que todo este palabrerío que escribí sera motivo de risas del mañana.
El sol se colaba por los orificios de mi persiana, mi ojo derecho se abrió y mis piernas saltaron de la cama, necesitaba corroborar que todo esta funcionando normalmente. Ni bien me incorporé percibí que yo había sido usurpada , tomada , raptada.
Soy Angelina Torres Mandalay , una mujer común que se dedica al arte del comercio si a eso se le puede llamar arte. Vendo remeras para gordas en la calle 31 de la ciudad de Berstain. El asunto es que hoy he abandonado la vulgaridad porque hay alguien adentro mío. Una voz me aturde , me explica situaciones absurdas como por ejemplo la incapacidad que algunas personas poseen para subir una escalera. A esta voz que tengo adentro la he llamado Rufa.
Rufa se pasa el día dirimiendo entre millares de opciones, me pide que haga cosas incoherentes como por ejemplo comer una hamburguesa sentada en el medio de la calle o caminar para atras durante dos cuadras seguidas. Es cierto , me divierto mucho con ella pero el asunto de la cuestión es que ella me da ordenes , es muy imperativa y quisquillosa. Si yo no cumplo sus caprichos empieza a gritar cual infante y les juro que sentir que tu cabeza sale volando no es saludable.
Ya pasaron diez años desde que Rufa tomo mi cuerpo y lo dirige a la perfección , no voy a decir que me gusta esta situación porque sería muy incoherente pero si voy a admitir que todos nos enamoramos de nuestros secuestradores y este es el caso.
Un 20 de agosto de 1910 , aniversario de cumpleaños de RUFA , mi vida dio su segundo giro magistral. Pienso que en la vida de la gente común hay pocos giros pero éstos son excepcionales. En esta ocasión , rufa me pidió que mate a Rodolfo Bazterra un medico al que iba yo para tratar de convivir mejor con esta situación. Rufa argumentaba que este noble hombre la quería mantener dormida durante mucho tiempo , la idiotizaba para que no hable. Me lo pidió con tanta ambición que juntas planeamos el asesinato de Bazterra.
Ese mismo día a la noche yo fui a su casa y toqué tres veces el timbre. Al tercer chillido apareció Bazterra muy preocupado por mi presencia. Me invito a pasar y me ofreció un vaso de agua , yo le pedí que por favor nos tomemos un te juntos. Le prometí que la charla iba a durar muy poco. El hombre preparó los dos tes y los colocó sobre una mesita de azulejos esmeralda, luego se fue al baño unos segundos. En ese momento fue que rufa comenzo a largar sus misiles en mi cabeza » Debes matarlo ya» gritaba como una desquiciada. AL NO soportarla mas decidí poner en su brebaje dos gotas de veneno para ratas y una pastilla de esas que él me recetado.
Veinte minutos mas tarde el silencio se esparcía cual tsunami en la casa del médico. Frida estaba extasiada de felicidad ya que por fin no la iban a dormir mas. Me pidió que le abra la boca al muerto y le ponga todas las pastillas que encuentre en la casa. Así fue como vacié miles de latas con pastillas y se las fui introduciendo una por una en la boca. El médico se habia convertido en el sapo de las píldoras.
Allí estaba palideciendo de a poco el pobre Bazterra que jamás hubiera pensado que una presencia como Rufa iba a acabar con su vida. De su boca saltaban las pastillas al suelo y rodaban por todo el salón.
En su boca , el arma asesina a la que Rufa tanto le temía.
María José Della Sala