Todos se han ido ya, fantasmas del antaño se perfuman con pétalos pódridos.
La dama de negro y su baile triunfal, un coro de abejas la precede mientras imponen su supremacía por doquier.
El sol intenso, hierven las cortezas de los árboles, los siervos se agazapan, los tigres emulan bestias del medioevo.
En el centro del orbe, una pared con ojos petrificados, condenados a no pestañear por su arrogancia ecuménica.
Una mujer concibe a un niño sobre las finas hierbas que decoran las orillas del Nilo, los pájaros carroñeros se agitan, las nubes lloran lamentos y degluten porvenires.
De la tierra se asoma una multitud de manos que se abren y cierran al compás de los tambores.
Un moribundo monta una hiena que esparce su histeria por la empinada loma de huesos que cubre una serpiente dormida.
Durante el ocaso, un chancho es crucificado, una hormiga es domesticada y el pulmón de un anciano venerado.
En el panteón de las ilusiones se esculpe un frasco de oro, quien lo toca, ignición eterna del ser.
Laberinto de incrustaciones fétidas, rocas con insectos inmaculados y en el meollo del drama, el minotauro que espera el beso de Ariadna e ignora la espada de Teseo.
Hermes se lamenta ante la vorágine, ya no es el guía de los muertos en el Averno.
Zeus se enfrenta contra Poseidón, dialéctica gaseosa, cielo y mar se disputan las investiduras.
Y en la génesis del caos, estás vos con tu músculo sucumbido por haberme clavado tu vil daga hasta el tuétano.
Has impregnado el firmamento con tu abominable narcisismo y aquí yo encaramando tu anarquía, debatiendo tu esencia, besando tu sombra.
En alfombra de tu cuerpo me transformo, mientras el intrépido viento me intercepta.
Y en la copa de un ombú, Don quijote de La Mancha se ríe con Cervantes mientras Dulcinea se transforma en espejo de fornidas utopías en las que se lo ve a Dante congeniando con Beatriz entre santas paredes.
Majo Della Sala.