Cuando el viaje en ascensor se torna muy extenso,reina el silencio y la lontananza espiritual, tocan la pantalla del móvil y fingen un dialogo con virtualidades fantásticas o abusan del chequeo reiterativo del correo.

Valiente aquél que se atreve a soportar la mirada del otro y virtuoso el que mira a una persona y no a una pantalla.

En el elevador no hay señal y todos son cómplices de la gran mentira. La parodia es el telón de fondo de un símil de los absurdos que escribió Sammuel Beckett.

Si no se dispone de algún medio de fuga electrónico se debe fijar la mirada en el cuadrado por el cual se ve el pasaje sucesorio de pisos , la atención no puede escaparse ya que la sensación de sentirse examinado por otro puede llegar a tornarse engorroso. En el caso de que se aborrezca el mutismo conviene preguntar sobre alguna estulticia o hablar sobre el clima.

La excesiva interconectividad que caracteriza a la Generación X ha generado una plaga de autismo que tiñe las situaciones cual reactivo  en sangre. Mirar una pantalla es el mejor analgésico que ha preparado la industria y es la mejor defensa ante la mirada exploratoria del otro.

Conversar cara a cara es privilegio de unos pocos y si así lo fuese el caput virtual se impone de todas formas sin piedad.

Millares de aplicaciones nos atan con etéreas cadenas y dirigen la migración masiva hacia el mismo hueco , donde un mentor sin corporeidad nos enseña a vivir , comer , dormir y hasta a vaciar de forma compulsiva   nuestra palangana interna de quejas , remordimientos e inseguridades.

Si la batería del artefacto es baja , la psicosis se apropia de la mente y la descontrola con libre albedrío. Entonces uno aprende que es imperativo comprar un cargador portátil para no sufrir ningún tipo de paranoia o abstinencia virtual. La vorágine del multitasking es sumamente adictiva.

En caso de incendio a uno le enseñan como evacuar , pero ante la falta de celular , el nuevo homo no sabe cómo reaccionar y al sentirse desnudo aparece su espejo tan temido , ese al que se lo empaña todos los días con suspiros de perpetua evasión.

Decorar el aparato con una bonita funda es condición sine qua non porque si el celular es la nueva ventana hacia nuestra alma , los marcos de ésta deben ser lo mas llamativos posibles.

Dormir junto a él nos da la seguridad de que podemos volver si algún sonido o vibración nos reclama. Es lo primero y último que vemos durante el día. Yo me pregunto si existirán personas que mueren mirando una pantalla.

Un «me gusta», se vuelve a respirar y si se superan los cien el ego comienza a brincar sin cesar, la sangre su maratón de gloria.

William Strauss los llamó «Millenials» , Prensky «nativos digitales». Yo  los denomino «celusujetos» por la sujetación psicológica  y  concibo una sociedad celusujetada.

Zygmunt Bauman veía a una sociedad sitiada y nos aportó  nociones tan ricas  y   a la vez tan desesperantes como  modernidad liquida; estrategias fágicas para invisibilizar a otros y la felicidad que generan los vínculos descartables.

Lipovetsky con sus dos  obras «La era del vacío» y  «El imperio de lo efímero» ha sabido conectar muy bien con el espíritu de la época.

Lo que el móvil genera es aquel «soma» protagonista indiscutible del legado de Huxley y es el nuevo panóptico que usa el capitalismo como mecanismo coercitivo.

Habrá quien me acuse de tecnofóbica , lo apruebo. Escribo por que respiro la anomia acompañada de vacuidad existencial. Quiero hablar con personas de carne y hueso y no con figuras abstractas. Deseo tener una conversación en vivo y en directo sin sonidos disparatándose , luces parpadeando sin cesar y temblores suculentos que agobian cualquier tipo de intercambio.

Quiero que nos miremos a los ojos.

Majo Della Sala.

Aclaración para el lector : Mi análisis no implica que yo no me sienta involucrada en este fenómeno. Justamente por que lo estoy creo que puedo manifestar mi opinión.

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