Vestigios de la ciudad se inmolan automáticamente en el pretérito. Un café con vainilla en el medio de la ruta , trofeo de una larga travesía.
El conduce un vehículo extravagante, mientras su entrecejo se frunce al son de la velocidad. Sostiene el volante con una mano , la otra descansa sobre mi regazo.
Sobre el acero se funden espejismos , ríos ficticios que emulan un halo de misterio icónico se escapan como arena entre manos.
Arbustos históricos decoran la autovía mientras el sol sonríe y derrite los cortos renglones blancos que los coches intentan respetar.
Yo aquí, sentada en un trono de cuero negro , mi respiración es austera, sé que el destino es formidable. Busco en la lejanía una respuesta existencial; este viaje es un suspenso patentado.
Tras un suspiro, avisto los pinos , esos a los cuales creía decorar en navidades infantiles. Una casa se asoma entre la rebeldía de la vegetación; la tribu de vacas se exaspera ante nuestra llegada .
De repente , el silencio riega la tierra. El sol se despide de su mandato esperando una reverencia universal.
El freno de mano , un motor que cesa su irradiación, la quietud es inminente.
Al bajar del auto y pisar la tierra mis zapatillas se esfumaron , unos segundos después me percaté de que ya no tenía rodillas.
Solo quedó mi cabeza , la tierra me degluto con ingenio. Permanecí diez minutos recordando mi entera vida ; recuerdos del inconsciente florecieron bruscamente.
Primero fueron dos hormigas las que ante el hermetismo de mi boca ingresaron triunfalmente en mis orejas. Luego sentí como unos gusanos agujereaban mis ojos y me quitaban grabaciones vitalicias. Traté de ver a mi madre y no pude.
Un millar de abejas se hospedaron en mi boca e iniciaron la fundación de su imperio. Poco después , dos arañas pequeñas se dirigieron hacia mis orificios nasales; la construcción del laberinto de hilos semitransparentes se produjo en cuestión de segundos.
Me encuentro en un subsuelo terrenal y fantasmal. Soy el habitáculo de muchos bichos que recorren mi cuerpo e instalan sus carpas. En cada uno de ellos se reproduce mi existencia de manera sistémica.
Una gran lombriz se incrustó en mi cabeza, creo que ella maneja el timón del nuevo micromundo famélico.
MJD