La artesana maquiavélica.
Se lleva un mechón de pelo para el costado de modo frenético abusivo , en estos movimientos compulsivos se esconden las falacias más sutiles.
Sus manos se mueven al son de su discurrir verborrágico y mientras vomita lugares comunes , se agiganta su imagen, con el clamor de su tropa.
Cual leviatán se engrandece entre humos hostiles , desesperada por perder su armada invencible pretende direccionar el voto de los argentinos y concientizar sobre la utópica calamidad que nos espera si al peronismo lo decapitan.
La gran guerra ideológica y simbólica hoy ha llegado a su éxtasis la táctica de trincheras está dispuesta , a todo o nada proclama la gran súbdita de Maquiavelo.
Sin renegar su poder comunicacional que de por sí es eximio , se llega a la conclusión de que la emperatriz del miedo es la mejor sofista que ha concebido la historia Argentina.
Su estadio se plaga de contradicciones , primero alude a que el electorado no es estúpido y luego lo obliga a pensar muy bien quién será la persona que puede garantizar el orden social.
Hoy la señora se disfrazó de respeto hacia la voluntad popular y luego entre bombos y platillos se quitó el maquillaje y arremetió contra los pintorescos globos de Mauricio Macri.
«Somos lo que somos pero somos» el eslogan que apela al conformismo y a la continuidad de la adherencia casi demencial hacia un modelo que corrompe la integridad de una sociedad en la cual la anomia se ha inyectado como antibiótico preferencial.
Llama al no olvido de todos los derechos que concedió , reivindica el rol de un «papel – boleta», cada tanto se le desfigura la boca , cual «El grito» de Edvard Munch.
En su semblante se observan los rasgos de su psicosis, mediante los sacudones de sus extremidades se dispersa el veneno social.
En el segundo acto de la tragicomedia , aparece en un balcón direccionando un micrófono hacia sus fieles , afirmándoles de modo ilusorio su identidad , haciéndolos partícipes del fetiche popular.
En el ambiente , las influencias del teatro del absurdo se hacen evidentes , la adrenalina impera pero nada sucede.
Aristóteles enumeraba entre las criaturas políticas a las abejas y a las hormigas, dudosa la naturaleza de la señora que claramente no se la puede tipificar en ninguna de las dos categorías anteriores.
